Ganar más trabajando menos es el sueño secreto de buena parte de la escala social, incluidos los más fervientes anticapitalistas. La fuerza de trabajo se subasta al mejor postor y nada reconforta tanto a un ego golpeado como sentirse indispensable
Si se tuviera la ocurrencia de preguntarle al transeúnte promedio qué tan importante es su trabajo para el devenir de la civilización, lo más probable es que responda con el pecho hinchado de orgullo. Dirá tal vez que su esfuerzo es el engrane maestro que mantiene en marcha al mundo. Habría que perdonarle el atrevimiento, cualquiera necesita alimentar el ego para salir de la cama un lunes por la mañana. La cruda realidad, sin embargo, es bastante más vulgar, en este vasto mercado donde una fila de desempleados espera a que alguien tropiece para ocupar su vacante, nadie es indispensable.
Ni el gerente con ínfulas de visionario ni el alto mando corporativo que viste traje sastre en videollamada son irremplazables. La competencia es encarnizada por esos contados puestos que permiten ejecutar la máxima suprema del modelo económico actual: ganar más haciendo menos.
En el lenguaje coloquial e institucional del país, las oportunidades donde alguien decide mucho, produce poco y cobra bien reciben el canino nombre de huesos. Roerlos se convierte así en una práctica nacional, sacarle el mayor jugo posible a la burocracia o a la estructura corporativa. Nadie en su sano juicio le hace el feo a un buen hueso. En la selva del empleo terrenal, el habitual, en cambio, toca hacer lo más por lo menos.
Quien haya salido a la calle con su currículum flaco o abultado bajo el brazo conoce el calvario. La meta es encontrar una chamba que valore las capacidades, respete las horas de sueño y no pisotee tanto los derechos mínimos.
Aquí aparece la primera ironía, las leyes laborales mexicanas son bellísimas, poéticas y hasta admirables, defienden al trabajador con una vehemencia conmovedora, siempre y cuando se lean en el papel. En la ventanilla, el taller o la oficina, los derechos laborales son tan exigibles como un deseo formulado a un hueso de pollo.
De algún sitio tiene que salir la ganancia. Como señalarían los devotos del dogma marxista, y sospecha cualquier empleado con cuentas por pagar, para que alguien gane en este juego, otro tiene que perder. La ganancia parece alimentarse de la abnegación ajena: mientras unos disfrutan de la santa dicha de decidir, otros deben trabajar de más para que las cuentas cuadren.
El resultado también se manifiesta en la atención al público. Cuando las jornadas son interminables y el sueldo efímero, la cortesía se convierte en lujo. La propina se vuelve requisito tácito y la paciencia del cliente, moneda de cambio. Así, quien acude por un café o un trámite acaba pagando también por no ser tratado como un mortal cualquiera.
El trabajador descarga su frustración sobre el cliente, el cliente sobre el trabajador y mientras ambos se disputan las migajas de la amabilidad, las condiciones que alimentan el desencuentro permanecen intactas. Otra jornada laboral cotidiana para disfrutar.
Los únicos actos que parecen escapar de esta lógica se llaman beneficencia y, curiosamente, son deducibles de impuestos. Qué fácil resulta ser caritativo cuando la bondad también ofrece ventajas fiscales. Sobran ejemplos de fundaciones que visten de solidaridad sus intereses particulares, porque hasta la generosidad puede encontrar lugar en la contabilidad.
Para el resto de los mortales no queda más que la talacha diaria, enfrentar patrones exigentes, hacerse de la vista gorda ante derechos incumplidos y archivar la Ley Federal del Trabajo en el cajón de la ficción.
Total, que todo el que respira, aspira. Ganar más trabajando menos es el sueño secreto de buena parte de la escala social, incluidos los más fervientes anticapitalistas. La fuerza de trabajo se subasta al mejor postor y nada reconforta tanto a un ego golpeado como sentirse indispensable. Los sueños de juventud son luminosos hasta que aterrizan dentro de la bolsa de trabajo.
Vender la fuerza productiva y de paso un pedazo de alma, no tiene nada de extraordinario, es la forma conocida de pagar renta, gasolina e Internet. El conflicto moral llega después, cuando, tras la breve y eufórica satisfacción de ver el depósito de la quincena, el trabajador mira el saldo y descubre, con amarga claridad que, gracias a dios, una vez más en el mercado laboral, es un vendido.
COLUMNA: EL SUEÑO DE LA RAZÓN
AUTOR: Israel Álvarez
CABEZA: Vendidos
