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    Opinión Por GABRIELA BERNAL*

    HISTORIAS E IDENTIDADES

    18 de septiembre de 2026No hay comentarios4 Minutos de lectura
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    ¿Qué significa nombrar un lugar?

    Hace unos días, Donald Trump volvió a hacer de las suyas lanzando otra propuesta que parece haber sido sacada de sus más oscuros rincones: sugirió llamar “New America” o “Nueva América” a Nuevo México, argumentando que sería un nombre “más prestigioso y hermoso”, que no remitiría simbólicamente a nuestro amado país.

    La propuesta es, además de risible, una mera conjetura. No es tan sencillo cambiar el nombre de un estado aún si el mismo presidente así lo estableciera; hay otros procedimientos jurídicos y formales que se deben llevar a cabo. Pero la ocurrencia tiene algo particularmente interesante para quienes nos dedicamos al oficio de historiar: ¿qué sucede cuando alguien quiere cambiar el nombre de un territorio? ¿Cambiamos con esto la historia o la identidad de un lugar?

    La respuesta es sí. Los nombres de los lugares no aparecen de la nada. Son más bien un acumulado de capas de historia, personas, incluso devociones, que permanecen más allá del ciclo vital de varias generaciones de habitantes.

    Nuevo México, por ejemplo, se llama así desde mucho antes de que existiera Estados Unidos como país y, por supuesto, antes de que México se convirtiera en una nación independiente (recordemos que fue en 1821). Durante el siglo 16, los exploradores españoles que avanzaron hacia el norte de la Nueva España comenzaron a utilizar la denominación “Nuevo México” para referirse a aquellas tierras. No era porque ya existiera un país llamado México cuya versión nueva y remasterizada quisieran fundar. Fue porque las tribus originarias de aquellos lares les parecieron lo suficientemente civilizadas y organizadas como los mexicas, como un nuevo México-Tenochtitlán.

    Juan de Oñate y Salazar (zacatecano, por cierto) es reconocido como el líder de la exploración que fundó el reino de Nuevo México, quien, en su vasta originalidad, decidió hacer lo que sus contemporáneos y paisanos tenían por costumbre: nombrar los nuevos territorios bajo una denominación que ya les fuera familiar, trasladando nombres y categorías ya fuera del viejo al nuevo mundo o de otros territorios ya conocidos, como en este caso. Pensemos en Nueva Galicia, Jerez, Nueva Vizcaya, etc.

    Todos los anteriores tomaron su nombre de otros ya existentes en la península ibérica. Hubo otros casos en que la originalidad residía en tomar un nombre local, en náhuatl u otra lengua, para castellanizarlo, como Zacatecas.

    Los nombres podían abarcar regiones enormes, desplazarse y cambiar conforme avanzaban las expediciones. “Nuevo México” no nació, entonces, como el nombre de un estado con los límites que hoy podemos localizar en un mapa. Fue parte de una geografía que se estaba construyendo mientras se exploraba, se conquistaba y se colonizaba, pues nadie en ese momento sabía de fronteras ni confines, simplemente de riquezas y conquistas.

    Y en este punto aparece una cuestión todavía más interesante, pues nombrar también es una forma de ocupar y apropiarse de un espacio. Pueblos indígenas fueron rebautizados, caminos recibieron nuevos nombres y lugares fueron asociados con santos, advocaciones religiosas, ciudades o personajes. Algunos nombres anteriores desaparecieron, otros fueron traducidos, transformados o lograron sobrevivir y eso no fue exclusivo en Nuevo México, sino en todo el continente.

    En resumen, no se trataba únicamente de poner etiquetas y nombres porque sí. Se trató de incorporar territorios desconocidos a una geografía que resultara comprensible para quienes llegaban desde Europa, transformándola y reescribiendo la historia de ese territorio.

    Por consiguiente y siguiendo el ejemplo de Trump, quizás a veces se cambia un nombre para borrar el pasado o la memoria, otras, para recuperar una que había sido desplazada. En ocasiones se busca homenajear a alguien, en otras eliminarlo porque su recuerdo significa una ofensa al presente. Los nombres son, en ese sentido, pequeñas cápsulas de memoria. En este caso, queda claro que la mera referencia simbólica a México parece “demeritar” al territorio hoy norteamericano.

    Sin embargo, un nombre puede sobrevivir a un imperio, a una guerra, a un cambio de frontera, a la formación de una nación y hasta al gobierno que decidió imponerlo. Quizá por eso cambiar el nombre de un lugar nunca es un asunto tan sencillo como parece, porque no se cambia solamente una palabra en un mapa, también se toca la memoria y la historia de quienes han vivido allí.

     

    *Maestra en Estética y Arte

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