MIGUEL AUZA. En un ambiente de fe, tradición y profundo significado, la histórica ciudad de Miguel Auza vivió una nueva edición de la Procesión de la Luz, una manifestación colectiva que congregó a más de mil personas en un recorrido lleno de simbolismo, en el que las velas encendidas iluminaron el camino hacia el panteón municipal para honrar la memoria de quienes se adelantaron en el camino.
Esta tradición, que tuvo su origen en 2014 por iniciativa del presbítero Luis Serrano, se ha convertido en una expresión de identidad comunitaria que reúne a las familias en torno a una de las celebraciones más significativas de la cultura mexicana: el Día de Muertos.
Cada 1 de noviembre, al concluir la misa de las siete de la tarde, las y los participantes se congregan frente a la parroquia con una vela encendida entre sus manos. Desde ahí, emprenden un recorrido que atraviesa la plaza principal y continúa por la calle Independencia hasta llegar al panteón municipal, en una travesía donde la luz de las velas representa el recuerdo, el amor y el vínculo que permanece entre quienes siguen aquí y aquellos que viven en la memoria de sus seres queridos.
Uno de los aspectos más significativos de esta edición fue la participación de las vecinas y los vecinos de la calle Independencia, quienes, por segundo año consecutivo, se sumaron a esta celebración mediante la decoración de sus fachadas y la instalación de altares colectivos dedicados a sus familiares fallecidos.
Con creatividad, dedicación y profundo cariño, las familias transformaron esta vialidad en un espacio de encuentro y evocación, donde cada altar se convirtió en una expresión de afecto, memoria y respeto. Las ofrendas, colocadas a lo largo del recorrido, acompañaron el paso de las y los asistentes, enriqueciendo la experiencia y fortaleciendo el sentido comunitario de una tradición que continúa creciendo gracias a la participación ciudadana.
La Procesión de la Luz representa mucho más que un recorrido iluminado por velas; es una oportunidad para reencontrarse con las raíces, compartir las tradiciones y mantener vivos los recuerdos de quienes dejaron una huella imborrable en la vida de sus familias. En cada llama encendida se hizo presente una historia, un nombre y un sentimiento que trasciende el tiempo y la ausencia.
Asimismo, la celebración demuestra el valor de las iniciativas comunitarias que, con el paso de los años, logran arraigarse en la vida de una población y convertirse en parte de su patrimonio cultural. La participación de más de mil personas y el compromiso de las familias que decoraron sus espacios dan cuenta de la importancia de preservar estas expresiones que fortalecen la identidad de Miguel Auza.







