Eliminar al tirano
No hay duda de que los acontecimientos de los últimos días han conmocionado al mundo. La sensación de ser testigos de la historia siempre causa extrañamiento, nos habituamos a pensar que aquello que llamamos histórico se encuentra solamente en los libros y en lo que pasa muy lejos de nosotros.
Pues bien, si algo hemos recordado con la captura de Nicolás Maduro en Venezuela es que los procesos históricos tienen mucho de repetitivo, y que si bien la historia no es esa maestra de la vida que proclamaron los romanos, sí que vemos ciertas tendencias que nos deberían mostrar que hay problemáticas que no tienen nada de nuevo y, por el contrario, lanzan interrogantes que se han puesto sobre la mesa desde hace milenios.
Una de ellas es, qué hacer con aquellos hombres quienes de manera lícita o ilícita han llegado a gobernar sobre un número importante de personas, ejerciendo el poder de manera abusiva y hasta cruel (aquí tomo la definición de la propia RAE).
La pregunta no es nueva. La humanidad lleva siglos formulándola, discutiéndola, temiéndola y ejerciéndola. Cada crisis política que coloca a un gobernante en el umbral entre autoridad y abuso, revive la misma incomodidad: ¿qué puede hacer una sociedad cuando quien debería velar por sus intereses se convierte en su principal fuente de opresión? La tradición filosófica y la historia política muestran que la respuesta nunca ha sido simple y, sobre todo, que nos la hemos hecho desde hace más de 2 mil años.
En la Antigüedad clásica la tiranía era entendida como una forma desviada y equivocada de gobierno. Aristóteles definió al tirano como aquel que, saliendo del pueblo y de las masas, se valía de la demagogia para llegar al poder y satisfacer su interés personal —atendiendo esta descripción, a vemos que tiranos hemos tenido al por mayor—, por lo que era lícito e incluso benéfico, retirarlo con lujo de violencia, aportándonos varios ejemplos.
En la Edad Media, la discusión involucró a dios, haciéndolo todo más espinoso. Si el poder proviene de un ser superior, ¿es lícito derrocar al rey, aun siendo un tirano?
Tomás de Aquino distinguió entre el gobernante justo y el tirano; al segundo podía resistírsele siempre que su deposición no generara un mal mayor. El problema central no era solo el derecho a rebelarse, sino el riesgo de que la lucha contra el tirano terminara en un desorden más dañino que la tiranía misma.
En la Edad Moderna, fue un jesuita, Juan de Mariana quien, renegando incluso de los preceptos cristianos, afirmó que era lícito no solo derrocar al tirano, sino eliminarlo de este mundo. Retomando a Aristóteles, si el poder se funda en el consentimiento de los gobernados, el tirano que rompe ese pacto puede ser depuesto e incluso eliminado.
La afirmación era radical porque trasladaba la autoridad última del poder del rey al cuerpo político. El tiranicidio aparecía así como acto posible, incluso legítimo, aunque peligrosamente susceptible de ser invocado por cualquier facción que se considerara a sí misma representante del “pueblo”.
Las reflexiones se intensificaron y se perfeccionaron en los siglos posteriores con Hobbes, Locke y otros pensadores, recordándolos que la modernidad política auguró una reaparición donde la democracia era el ideal que eliminaría el peligro de estar en manos de tiranos.
Sin embargo, como bien sabe, no ha sido así y el siglo 20 ha estado plagado de ejemplos que lo demuestran. Sin ir más lejos, los tenemos en varios puntos del globo. Parece que los tiranos de la antigüedad clásica siguen vigentes, pero bajo nuevas condiciones, más globales y dependientes.
Pero bajo la polarización que vemos y leemos en redes sociales, cabe nuevamente la pregunta, si es lícito derrocar al tirano, ¿cómo debe hacerse? Y, ¿cómo nos libramos de ellos?
Tal vez la historia no ofrece respuestas definitivas, pero sí ofrece advertencias. La primera, que ninguna tiranía se sostiene solo por el tirano. Siempre hay estructuras, complicidades y una red que los sostiene.
Aquí cabe la imagen final. Derrocar al tirano se parece a luchar contra la hidra. Se corta una cabeza y brotan otras. La pregunta por la licitud de derrocar al tirano, entonces, sigue abierta. La historia no la cierra.
*Maestra en Estética y Arte
