El undécimo mandamiento o cómo prohibir lo que todos aman
Disponible en cualquier lado: baño, gimnasio, cama, conciertos y, por supuesto, en la escuela. El teléfono celular se convirtió en una extensión casi natural del cuerpo humano para chicos y grandes que viven con terror a no hacer nada o, peor aún, a confrontar el aburrimiento. Por fortuna, para eso está el celular.
Quedarse sin actividad durante un segundo parece equivalente a dejar de existir en un mundo que no puede detenerse. Hay una presión permanente por mantener ocupada la cabeza, aunque sea revisando las publicaciones de otros que aseguran que sí andan viviendo.
Los precisos en el tema de la salud suelen advertir que semejantes actividades no son precisamente saludables. El problema comienza cuando los adultos encargados de educar a los menores descubren una incómoda verdad: los niños reproducen comportamientos.
Así es, de algún lado los chaparritos aprenden cómo vivir. Qué sorpresa. Su primera escuela suele ser la tribu que los rodea, ésa que les enseña con el ejemplo cómo convertirse en adultos. A la par vienen las reglas, los sermones y las prohibiciones para corregir aquello que aprendieron de los enseñadores.
A los progenitores les entró un sentimiento de culpa al preguntarse si estaba bien que sus hijitos hicieran exactamente lo mismo que ellos: recurrir al teléfono a la menor provocación. Pero, como suponen que los niños no saben bien lo que hacen, lo más sencillo fue establecer normas para evitar que cayeran en eso que llaman, con cara de tragedia griega, la mala educación. Esa misma de la que huyeron por designio parental cuando fueron mozalbetes.
La prohibición de esos supuestos aparatos del diablo terminó en manos de las autoridades educativas y desató una controversia de ésas que merecen compartirse en redes. Se descubrió que la causa de todos los males educativos era una pantallita con cámaras e Internet.
El hallazgo dividió opiniones: por un lado, están los defensores de la sagrada libertad de distraerse voluntariamente; por el otro, quienes confían en las prohibiciones como salvadoras del orden social. El asunto plantea una pregunta: ¿hasta dónde debe llegar la autoridad para obligar al individuo a prestar atención a lo que debe y no nomás a lo que quiere?
La premisa parece tan sencilla como la de los topes de la calle: si nadie pone un alto, nadie se detiene. Algunos profesores no comprenden cómo un niñito puede sentirse más atraído por las cochinas redes sociales que por el sublime lenguaje, el maravilloso pensamiento crítico o la superdivertida ética cívica.
La respuesta no sorprende: muchos adultos padecen lo mismo. Basta asistir a una reunión donde decaiga la conversación para observar cómo los presentes sacan sus propias pantallitas y comienzan a relacionarse mejor con lo que no está ahí. La prohibición del uso de celulares en las aulas refleja el terror de los padres a que sus hijos se conviertan en los esclavos que ellos mismos ya son.
Los mayores conocen el peligro de tener cerca un aparato capaz de conectarlos con las tentaciones virtuales y entretenerlos cuando el aburrimiento se avecina. Sin embargo, la deliciosa libertad de entregarse al placer inmediato ha necesitado mandamientos desde antes de Cristo. Haría falta establecer un undécimo mandamiento: “Santificarás el tedio como adulto funcional”.
Como en todo buen debate, los argumentos no han faltado. Los defensores del libre albedrío advierten que la prohibición compromete la seguridad, la comunicación y el aprovechamiento pedagógico de las bienaventuradas herramientas tecnológicas.
Del otro lado, los entusiastas de los mandamientos aseguran que la convivencia forzada es la panacea y que, si las prohibiciones funcionan en el primer mundo, México está a nada de superar a Dinamarca también en materia educativa.
Mientras son peras o son manzanas, el entretenimiento permanente parece haberse convertido en el estilo de vida moderno. Los excesos de la modernidad pretenden corregirse por decreto, como si prohibir alguna vez hubiera sido suficiente para resolver aquello que nadie ha querido aprender a controlar.
¿Quién necesita albedrío teniendo autoridades? Quizá el problema no esté solamente en los aparatejos que llevan los niños a la escuela, sino en la dificultad de los adultos para enseñar algo que ellos mismos no practican: administrar su tiempo sin necesidad de que alguien más les diga cómo. Resuelto el asunto con los niños, solo queda pendiente una pregunta: ¿quién les va a prohibir a los adultos usar su teléfono?
