La sucesión del obispo, en 1910
Ahora que el obispo Sigifredo Noriega Barceló presentó su renuncia, de acuerdo con las normativas que le rigen, y por las diferentes opiniones vertidas en el espacio público, me recordaron algunos episodios con sus antecesores. Refiero algunos datos. Lo siguiente es parte de una añeja investigación en marcha, sobre las raíces de la Revolución en Zacatecas.
En julio 11 de 1910, falleció el cuarto obispo de la diócesis de Zacatecas, fray José Guadalupe de Jesús Alva y Franco (1899-1911). El fraile fue sepultado en la cripta del convento franciscano de la vecina villa de Guadalupe. Su antecesor, fray Buenaventura del Corazón de María Portillo y Tejada, quien murió en 1899, durante el gobierno del general Jesús Aréchiga, fue sepultado inicialmente en el panteón La Purísima, en la cripta de la familia Viadero, y no en Catedral como correspondía a su investidura y jerarquía.
Al fallecimiento del obispo Alva, siguió una serie de opiniones sobre la sucesión del prelado. Se hizo en la prensa y tuvo más cobertura que los procesos electorales, estatal y federal, de 1910. Los comentarios en torno a la sucesión mencionaron nombres: Ignacio Plasencia, obispo de Tehuantepec; José Othón Núñez, obispo de Zamora; y Trinidad Alba, rector del seminario de León. También trataron la forma de designación y el contexto de vida en el Vaticano. En las notas respectivas se citaban, como fuente de información, a “periódicos católicos” y “círculos eclesiásticos de la capital”.
El canónigo Miguel de la Mora de la Mora (1874-1930) fue nombrado sucesor en Zacatecas. Tomó posesión el 19 de mayo de 1911. El hecho es paralelo al Tratado de Ciudad Juárez y al arribo del gobernador maderista J. Guadalupe González. De la Mora permaneció hasta 1922, y como líder católico le tocó resistir los avatares anticlericales de la movilización armada de la Revolución.
La discusión sobre la sucesión de Alva, permite aseverar —como hipótesis— que el interés por conocer quién sería el siguiente jefe de la Iglesia católica en Zacatecas era con el fin de presumir información y poder, e igualmente de establecer relaciones con el probable obispo. Al mismo tiempo, el que aparecieran opiniones sobre la sucesión del obispo Alva, fundamentalmente en el periódico oficialista El Correo de Zacatecas, era resultado de los vínculos entre la jerarquía católica y las autoridades estatales.
No se puede soslayar la diligente gestión del obispo Alva —antiguo párroco de Jerez, sobrino del primero y segundo obispo de Zacatecas y obispo de Yucatán—. Él aprovechó la relativa aplicación de las Leyes de Reforma, la modificación de reglamentos que permitían mayor libertad a algunos servicios religiosos —como usar las campanas para llamar a distintas ceremonias— y la ventaja de los textos escritos por sacerdotes y publicados sin censura en los periódicos editados por católicos.
La fuerza adquirida la usó el obispo para excomulgar a los colaboradores del periódico promasónico El Centinela y de debatir con ellos. El suceso concedió bríos a la Iglesia diocesana, a su jerarquía y facilitó la creación organizaciones de obreros católicos.
El abordar abiertamente la sucesión episcopal puede considerarse una intromisión, como ocurrió en 1908 en la sucesión arquiespiscopal en el arzobispado de México: tras la muerte de Próspero María Alarcón Sánchez de la Barquera, el gobierno del general Porfirio Díaz pretendió intervenir en la designación del arzobispo, para tener un jefe católico más acorde a la política gubernamental.
En Zacatecas, aunque con menos posibilidad real el tomar en cuenta las especulaciones que se publicaban, la intromisión facilitaría renovar un acuerdo de mutuo reconocimiento y apoyo.
La abierta presencia católica posibilitó hacer, casi sin restricciones, las peregrinaciones al cerro de La Bufa y el traslado de la imagen de “La Preladita” de Zacatecas a Guadalupe, así como la representación de la morisma de Bracho. Además de esos eventos religiosos, se edificó e inauguró un convento de Las Siervas de María, muy cerca de la casa del general Jesús Aréchiga. También se terminó la torre norte de Catedral y algunos templos, como el destinado a la Virgen de Guadalupe.
Por otro lado, el sistema de fiestas cívicas formado por el grupo liberal, a través del que exponían sus valores y proyectaban la imagen de una sociedad secular, empezó a ser desarticulado por las autoridades estatales. Se hizo notar cómo las ceremonias podían ser peligrosas al nuevo status quo, pues criticaban una de las estrategias políticas del régimen: la conciliación con la Iglesia católica y la inclusión de católicos relegados del poder. Pero éste es otro tema.
