¿Fue el crecimiento evangélico en América Latina una operación diseñada por la CIA? Algunos influencers en Latinoamérica y España comienzan a atizar hipótesis y acusaciones a razón de la afinidad del electorado evangélico en Brasil con el fascismo bolsonarista. La pregunta merece atención. Lo que no merece es precipitación y que una hipótesis se convierta en certeza sin demostrar lo que afirma.
Durante la Guerra Fría, Estados Unidos consideró a América Latina un espacio estratégico y vigiló los movimientos religiosos que podían influir en la vida política. Hay documentos desclasificados que lo prueban. Pero de ahí a concluir que Washington diseñó y financió la expansión evangélica del continente hay una distancia que no puede cubrirse con sospechas, coincidencias ideológicas o citas sacadas de contexto.
En julio de 1969, la Casa Blanca solicitó a la CIA un análisis de la Iglesia en América Latina que incluyera el papel de clérigos extranjeros y de grupos no católicos y misioneros. El estudio posterior se concentró en los cambios políticos de la Iglesia católica y en su creciente participación en la reforma social. El documento demuestra interés estratégico por el fenómeno religioso; no constituye, por sí mismo, una orden para fabricar una población evangélica.
Por otro lado, una investigación del Comité Church del Senado estadounidense documentó acuerdos encubiertos que involucraron a personas vinculadas al clero o al trabajo misionero. Esos episodios deben estudiarse sin minimizar su gravedad. Pero la cifra de 21 personas no equivale a 21 súper misioneros evangélicos enviados a América Latina para convertir pueblos o países por cuenta de la CIA. El alcance de la evidencia importa tanto como su existencia.
La historia del Instituto Lingüístico de Verano ayuda a comprender por qué el fenómeno no cabe en una explicación única. Fundado por William Cameron Townsend en 1934, el ILV desarrolló labores de lingüística y traducción bíblica entre pueblos indígenas. Su impulso misionero fue mucho antes de la creación de la CIA, en 1947, y respondió a convicciones religiosas propias. Eso no lo vuelve ajeno a las consecuencias políticas de su trabajo ni lo exime de las críticas que recibió por sus relaciones con gobiernos. Sí obliga a distinguir el origen de una organización de sus alianzas posteriores.
Durante la Guerra Fría hubo convergencias entre sectores evangélicos anticomunistas y los intereses de Washington. Hubo cooperación, convenios con gobiernos y acusaciones de imperialismo cultural. Son asuntos legítimos de investigación. Pero cuatro relaciones distintas no deben confundirse: compartir una ideología, cooperar con una institución, recibir apoyo estatal y actuar bajo dirección de una agencia de inteligencia. Cada afirmación exige pruebas propias.
Además, los misioneros no fueron necesariamente instrumentos dóciles de la política exterior estadounidense. No pocos establecieron sus propias prioridades, evitaron la intervención diplomática o entraron en tensión con el poder. Otros cristianos, católicos y protestantes, se acercaron a movimientos de izquierda. Esa diversidad no borra las colaboraciones documentadas; impide describir toda la historia como una operación coordinada desde un único centro.
La pregunta no es si Estados Unidos tuvo intereses en la región. Los tuvo. Tampoco si existieron intervenciones encubiertas; algunas están documentadas. La pregunta es si esas pruebas permiten explicar el crecimiento evangélico latinoamericano como resultado de un plan de la CIA. Para sostenerlo habría que demostrar la cadena causal, distinguir países y períodos, y atender también, en cada país, las razones por las que personas y comunidades adoptaron nuevas creencias.
Reducir conversiones, iglesias y movimientos locales a una maniobra extranjera deja fuera la experiencia de los propios creyentes, sus redes comunitarias, búsquedas espirituales y las condiciones sociales en que se produjeron esos cambios. Reconocer su capacidad de decisión no significa idealizar a las iglesias ni negar que algunas hayan sido instrumentalizadas. Significa no caer en una tentadora explicación total.
Cuando una hipótesis se apoya en hechos reales, pero les atribuye un alcance que no prueban, cae en el extremo de simplificar el pasado peligrosamente.
No se trata de pedir inmunidad a los evangélicos frente a la crítica, sino que esta distinga entre documentos, inferencias y conclusiones. La influencia política de ciertas organizaciones debe investigarse; pero tampoco convertirse, sin más evidencia, en la explicación de una comunidad entera.
Esa distinción será importante también cuando hablemos de quiénes son los evangélicos y qué piensan. Pero antes de generalizar, hay que hacer el trabajo más básico: demostrar qué ocurrió, quiénes participaron y hasta dónde llegan realmente las pruebas.
Algunos influencers en España se pronuncian por expulsar a los evangélicos del país por ser producto de la CIA; opino que se relajen bastante.
