Un viaje a Zacatecas en 1842 (Parte 1)
Le invito a que hagamos un ejercicio de imaginación. En este momento olvide la ciudad de Zacatecas que conoce e imagine que estamos en 1842. Está a punto de ingresar a la vetusta ciudad a través de un carruaje en un camino castigador y polvoriento cerca de la villa de Guadalupe; la fatiga se siente y, al divisar su destino, no puede evitar sentir un profundo alivio.
A lo lejos ve una barranca rodeada de montañas y columnas de humo de las haciendas de beneficio esparcidas aquí y allá. Le parece un paisaje agreste, casi salvaje, pero a lo lejos puede adivinar una población que aún conserva las huellas de su pasado y esplendor. Aunque es una ciudad vigorosa, ya no es la opulenta joya de la corona española de otros tiempos.
Después de un tortuoso recorrido por caminos mal empedrados, pasa finalmente por la avenida principal. La ciudad solo tiene una arteria rodeada de edificios señoriales, entre ellos, la Caja Real, tan barroca como ninguna otra en el centro norte de México; si ya se hubiera inventado la fotografía, le aseguro que hubiera detenido su paso para capturar una instantánea, pues arquitectónicamente es lo más relevante que ha visto hasta entonces. Al mirar hacia el norte, cambia de opinión, ya observó rápidamente el teatro Calderón y más adelante su parroquia mayor, apenas de una sola torre.
Llega finalmente a la plaza principal y es día de mercado. Hay vendedores, marchantes, caballeros, señoritas, niños, perros, caballos, burros y un bullicio ensordecedor que seguramente era típico de otras ciudades de México. ¿Puede verla? Seguramente que sí, pero de aquí en adelante no tenemos que inventarla, ya tenemos la crónica de Guillermo Prieto.
El escritor, periodista y político mexicano visitó Zacatecas en 1842 dejándonos una vívida descripción de nuestra ciudad en esa época. Como el viajero romántico y curioso observador que fue, Prieto nos permite asomarnos a una ciudad que ya no existe -o quizá tan solo en ecos-. Fidel, seudónimo usado por nuestro escritor, relata “una hondonada con un montón confuso de casas”, en un caos interrumpido solamente por torres y cúpulas de iglesias que parecían organizarse como “si las aguas los hubieran arrebatado […] dispersándolos en las quiebras de los montes”.
Al arribar se topa con el día de tianguis, pues era domingo. Ahí en la plaza central (hoy desaparecida en el espacio que ocupa el mercado González Ortega) describe cómo admiró la “fachada de Churriguera” de la parroquia, la cual para su gusto estaba circundada por un muro que la deslucía por completo. Luego describe a la muchedumbre abarrotada entre puestos y tendajones dispuestos sin aparente orden, destacando la presencia de personajes de todo tipo, desde el extranjero que seguramente participa en alguna negociación minera vistiendo su “paletó inglés”, hasta el petimetre (o “señorito” bien vestido) que desentona con su frac entre el polvoriento y abigarrado paisaje. Ve a barreteros, hombres vestidos de sarape y, fiel a su instinto masculino, no olvida describir a la “plebeya” zacatecana como de “tez morena y ojos ardientes y picarescos” (ojo alegre, don Guillermo).
Ahora su atención se centra en los productos de la tierra, admirando las montañas de chile verde que considera un producto esencial para todas las clases sociales de Zacatecas. También elogia la exquisitez de la carne, la abundancia de leche y la presencia del chile ancho y el frijol bayo, al que describe como de muy buen gusto. Sin embargo, lamenta la naturaleza temporal del mercado, que parece insuficiente para una ciudad del tamaño de Zacatecas. A partir de este punto, se da cuenta de que, a pesar del caos, había un orden: los comestibles, incluyendo las infaltables tunas cardonas, se vendían en el centro, mientras que al sur se encontraba el almacén de trajes populares, sombreros de palma y todo tipo de ropa, como los calzones de gamuza del chinaco. Observa a los pobres, que comen a la intemperie junto a cabalgaduras. Seguramente, el aire estaba impregnado del olor a grasa y comida, mezclándose con el estiércol de caballos y asnos que descansaban tranquilamente en el mismo lugar.
El contraste se agudizaba al presenciar a los caballeros y “cazadores de buenas mozas [que] acechan entre el tumulto a su presa”, mientras un fraile pedía la obligada contribución religiosa a las puertas de la parroquia. (Continuará).
*Maestra en Estética y Arte
