Hay cosas que pesan kilos y otras que pesan recuerdos, pendientes, culpas, expectativas o conversaciones que nadie quiere tener
Se utiliza el adjetivo pesado para describir a alguien impertinente porque su presencia, sus actos o su conversación generan la misma sensación que produce cargar algo que sobrepasa las capacidades. Por otro lado, alguien pesado puede ser una persona con poder, influencia o alcances considerables.
El peso se ha utilizado como referencia física y psicológica para darle nombre a muchas circunstancias que, de otro modo, serían más complicadas de explicar. Cada quien sabe el peso de su costal o, según el club de fans del nazareno, el de su cruz.
Los gimnasios son esos lugares en los que se paga para acudir a cargar peso varias veces, hasta conseguir que el músculo se rompa y así se vuelva más grande para poder contemplarlo mejor en el espejo.
El peso que se carga en el gimnasio es voluntario porque, nomás por levantar con disciplina los fierros, se mejora la salud física y el bienestar mental, lo que muchas veces permite, irónicamente, quitarse un peso de encima.
Para utilizar algunos gimnasios se requieren membresías exclusivas que suelen costar muchos pesos, moneda que, además, comparte nombre con aquello que se utiliza para medir cargas. Alguien vale oro cuando es excepcional, difícil de encontrar y tiene integridad, aunque no tenga ni un peso.
Sopesar las ideas es pesarlas con cuidado porque entre pensar y pesar no hay tanta diferencia cuando se trata de ideas. Un pesar, en cambio, es un sentimiento de pena, dolor o disgusto, como si ciertas preocupaciones tuvieran la mala costumbre de adquirir su propio peso.
Algo grave es muy pesado. La gravedad se encarga de que las cosas tengan la desagradable costumbre de caer. En la Tierra, las manzanas caen al suelo y no flotan como parecen hacerlo en el espacio.
Todo lo que sube tiene que bajar y, tarde o temprano, termina cayendo por su propio peso. La justicia consiste en que las cosas sucedan como deben, aunque la burocracia exija tantos requisitos que hasta la gravedad necesite debidamente oficializarse.
También hay personas que caen bien. No necesitan hacer demasiado esfuerzo para conseguirlo, aunque algunas parecen entrenarse durante años para caer gordos. La simpatía puede ser cuestión de actitud, sentido del humor o simplemente de no decir aquello que nadie preguntó. Cuando alguien deja de caer bien, cae de la gracia de quienes finalmente cayeron en cuenta de que ya les andaba cayendo muy mal.
Dejarse caer es llegar de repente, sin demasiados avisos, para compartir un rato, una conversación o uno de esos encuentros que empiezan siendo casuales y terminan convirtiéndose en costumbre, como el uso de las palabras.
Todo lo que pesa puede caer, pero alivianarse significa levantarse más ligero, relajado y tranquilo, sin tanto peso encima. Aliviánate es el consejo que suelen dar los amigos cuando se dejan caer de repente, aunque el misterio de llevarlo a cabo sea cosa de cada quien.
En la jornada cotidiana se intenta descansar el cuerpo para poder así aligerarlo. Con la mente resulta complicado. Dormir debería servir para quitarle peso al día, pero a veces ocurre lo contrario.
Aparecen las pesadillas, que son una especie de gimnasio nocturno en el que se levantan problemas, persecuciones, culpas y terrores sin necesidad de pagar membresías. El soñador pone los personajes, los escenarios y las reglas, aunque rara vez consigue despedir al encargado de los efectos especiales.
Un contrapeso sirve para equilibrar una carga. En la vida cotidiana hacen falta contrapesos, aunque no siempre sean tan fáciles de identificar. A veces es el sueño, a veces el humor, a veces una conversación y en ocasiones, simplemente dejar de cargar aquello que se ha decidido llevar tanto tiempo por costumbre.
Porque el peso no siempre se ve en las básculas ni se explica con manzanas. Hay cosas que pesan kilos y otras que pesan recuerdos, pendientes, culpas, expectativas o conversaciones que nadie quiere tener.
Algunas se levantan con fierros; otras, con letras y otras más, con tiempo. Y están las que ni siquiera necesitan ser cargadas para pesar. Cada quien sabe cuánto pesa lo que trae. El problema es que, aunque las palabras recomienden alivianarse, nadie explica exactamente cómo hacerlo.
COLUMNA: EL SUEÑO DE LA RAZÓN
AUTOR: Israel Álvarez
CABEZA: Alivianados
