El silencio también lastima
En la escuela y en Internet necesitamos reglas de respeto, igual que en un juego o en un deporte. Sin ellas, cualquiera podría hacer lo que quisiera y terminar lastimando a los demás. La sana convivencia funciona únicamente cuando entendemos que todas las personas merecen ser tratadas con dignidad. Cuando un niño o una niña sufre bullying o ciberbullying, no solo recibe insultos o burlas, sino que también puede perder la confianza en las personas, incluso en su propia familia, y dejar de sentirse seguro en los lugares donde debería estar protegido.
En el caso del ciberbullying, el miedo puede llegar hasta el punto de sentirse observado o juzgado cada vez que entra a internet para hacer una tarea o hablar con alguien. Poco a poco, la autoestima disminuye, aparece la inseguridad y la tranquilidad desaparece.
Por eso es tan importante hablar cuando algo nos lastima. Niñas y niños no debemos quedarnos callados. Nadie, en ningún lado, debería sentir miedo de expresar lo que siente o de pedir ayuda. Guardarse el dolor solo hace que el problema crezca.
Muchas veces las agresiones se disfrazan de bromas. Escuchamos apodos, risas o comentarios ofensivos y dejamos de verlos como algo grave. Sin darnos cuenta, empezamos a normalizar esas acciones. Pero una broma deja de ser una broma cuando hace llorar, sentir vergüenza o lastima a otra persona. También sucede en los videojuegos o en las redes sociales, cuando alguien se burla porque otro perdió una partida o logró completar un reto que otros no pudieron. Esas acciones pueden parecer pequeñas, pero dejan heridas que no siempre se ven.
Muchas veces podemos convertirnos en cómplices de las injusticias sociales por el simple hecho de quedarnos callados, pues cuando callamos al ver estos actos le damos fuerza a las personas para que sigan haciéndolo y es ahí cuando nos convertimos en un cómplice más.
Yo viví una experiencia que me enseñó lo importante que es no guardar silencio. En mi escuela anterior fui víctima de maltrato por parte del maestro. Todo comenzó con regaños y llamadas de atención, hasta que llegó un momento en que me ignoraba por completo. Yo sentía que mis compañeros guardaban silencio porque pensaban que, al ser un maestro, todo lo que hacía estaba bien.
Sin embargo, yo nunca me quedé callada. Siempre les conté a mis papás cómo me sentía y ellos me escucharon. En varias ocasiones hablaron con la directora para explicar lo que estaba pasando, pero en lugar de ayudarme, ella pensaba que yo era el problema. Al final, mis papás decidieron cambiarme de escuela para protegerme y evitar que siguiera sufriendo. Además, una compañera me excluía constantemente. Cuando intenté expresar cómo me sentía, el problema empeoró porque ella inventaba cosas sobre mí y muchas veces los adultos le creían. Eso me hacía sentir sola e injustamente culpable.
Gracias a esa experiencia comprendí que el silencio puede convertir a los testigos en cómplices. Cuando nadie habla ni actúa, el agresor siente que puede seguir haciendo daño y la víctima piensa que está sola. Por eso, defender a quien sufre, escuchar sin juzgar y denunciar lo que ocurre es hacer lo correcto.
Estoy convencida de que todos podemos ayudar a construir escuelas y espacios digitales más seguros. Basta con tratar a los demás como nos gustaría ser tratados, tener empatía y atrevernos a levantar la voz cuando presenciamos una injusticia. Si cada uno hace su parte, el respeto dejará de ser solo una palabra y se convertirá en una forma de vivir. Porque nadie merece sentirse solo, tener miedo o sufrir en silencio.
*Instituto Tesla, nivel primaria
