El matador mexicano confirmará su alternativa este domingo 20 de septiembre, después de más de dos décadas de trayectoria
Veinte años separan dos momentos determinantes en la carrera de Fermín Rivera. El primero ocurrió el 6 de noviembre de 2005, cuando tomó la alternativa en la Monumental Plaza México. El segundo llegará este domingo 20 de septiembre, cuando haga el paseíllo en Madrid para confirmar un doctorado sostenido durante más de dos décadas en los ruedos.
La fecha adquiere una dimensión poco habitual. Rivera no llega a cumplir este requisito al comienzo de su trayectoria como matador de toros, sino desde la madurez de una carrera extensa, después de atravesar distintas etapas profesionales y mantener vigente un objetivo que durante años permaneció pendiente.
“Después de 20 años parecía lejanísimo y ahora, a pocos días, es ya casi un sueño cumplido. Ahí es donde uno dice que los sueños se pueden cumplir”, reconoce el torero potosino, consciente de todo lo que encierra este momento.
Fermín Rivera tomó la alternativa en la Plaza México con Eulalio López “Zotoluco” como padrino y Enrique Ponce como testigo. El toro de la ceremonia fue “Soberano”, de Fernando de la Mora. Desde entonces construyó una trayectoria desarrollada fundamentalmente en México, en una época compleja y cambiante para la Fiesta, hasta alcanzar ahora una de las citas que todavía faltaban en su hoja profesional.
Entre aquella tarde del 6 de noviembre de 2005 y este 20 de septiembre habrán transcurrido 20 años, 10 meses y 14 días.
La cifra no es únicamente estadística. Habla del tiempo que puede existir entre una aspiración y la posibilidad concreta de realizarla. También modifica la perspectiva desde la que Rivera llegará a Madrid: no será el torero que busca descubrir qué lugar puede ocupar en la profesión, sino un hombre que conoce ya sus capacidades, sus límites y el concepto que pretende defender.
“Se vive con muchos nervios e incógnita de lo que pueda pasar, pero con la ilusión a tope”, admite.
La preparación de las últimas semanas ha estado encaminada específicamente hacia ese compromiso. Rivera ha recorrido durante estos días varias casas ganaderas españolas de primera línea: Puerto de San Lorenzo, Alcurrucén, Domingo Hernández y El Pilar. Campo, tentaderos y horas delante de las vacas han formado parte de una preparación en la que el mexicano ha buscado llegar con ritmo, sitio y claridad de ideas.
No será, además, una confirmación cómoda sobre el papel.
Rivera está anunciado con Damián Castaño y Gómez del Pilar para enfrentar toros de Veiga Teixeira y Partido de Resina, dentro de un desafío ganadero. Dos divisas asociadas a un concepto de corrida donde la presencia, la exigencia y el comportamiento del toro adquieren particular protagonismo.
“Así el compromiso se hace más fuerte, con el interés torista que tienen. Lo vivo con intensidad, con gusto, y espero que la madurez y la experiencia me saquen a flote”, señala Rivera.
Precisamente ahí puede encontrarse una de las claves de su comparecencia. La experiencia acumulada durante veinte años deberá encontrarse ahora con una circunstancia completamente nueva. Madrid representa una medida distinta y Rivera tendrá que resolverla desde el oficio adquirido, pero también desde la capacidad de asumir que, pese a todo lo recorrido, habrá sensaciones que experimentará por primera vez.
Existe además una inevitable dimensión histórica alrededor de su apellido. Fermín pertenece a una de las familias fundamentales del toreo mexicano. Es nieto de Fermín Rivera Malabehar y sobrino de Curro Rivera, dos nombres de enorme significado en distintas generaciones de la tauromaquia nacional. Sin embargo, la tarde del domingo tendrá necesariamente carácter individual: los antecedentes explican de dónde viene, pero será su propio toreo el que deberá sostener el compromiso.
A sus espaldas habrá más de veinte años como matador. Delante, una plaza que todavía no conoce vestido de luces y una corrida que plantea interrogantes desde su propia procedencia.
Rivera sabe también que buena parte del público español descubrirá ese día su tauromaquia. Por eso su petición al aficionado resulta sencilla: “Que venga con el alma abierta. El toreo es de percepciones y de recibir emociones; tener la sensibilidad abierta hace que te llegue y que, más adelante, el conocimiento venga solo”.
El domingo no comienza la historia profesional de Fermín Rivera. Tampoco puede entenderse como una tarde destinada a completar un expediente.
Es, quizá, algo bastante más difícil de conseguir en el toreo: llegar veinte años después al lugar que alguna vez se imaginó alcanzar y tener todavía la oportunidad de ponerse delante del toro para contar quién se es.

