Previo a los cristeros (1)
Mucho se ha mencionado desde el inicio de este año acerca de la conmemoración del primer centenario del conflicto cristero. Si bien, a finales de julio se recuerda el hecho que aparentemente dio inicio a las hostilidades y al enfrentamiento entre católicos y el Estado mexicano, la publicación de la Ley de Tolerancia de cultos -conocida como “Ley Calles”- y la posterior suspensión del culto por parte de la jerarquía eclesiástica a manera de protesta, cabe recordar que, como todo hecho histórico, esta coyuntura no inició con la mera publicación de dicha ley, ni los católicos se organizaron de la noche a la mañana.
Por el contrario, la organización de ciertos sectores católicos y la respuesta de la Iglesia para articular una respuesta que hiciera frente a las políticas anticlericales de los gobiernos posrevolucionarios fueron el resultado de un proceso de varias décadas.
Esta es la primera parte de una serie de colaboraciones en las que intentaré abordar lo que considero los antecedentes de la organización de una oposición cristera en el territorio estatal. Para el caso de Zacatecas, y gran parte del centro-occidente del país, habrá que remontarse hasta finales del siglo XIX (19), a una época en la que algunos sectores católicos, influenciados por el espíritu de la famosa encíclica Rerum Novarum, comenzaron a organizarse, creando espacios de participación religiosa, social e incluso política.
Dicha encíclica, motivada por el auge del socialismo en algunos puntos del globo, instaba a los católicos del mundo para involucrarse en el mejoramiento de los más desprotegidos de un sistema (diríamos hoy, capitalista) que dejaba al obrero y al campesino desprotegido, con condiciones de trabajo execrables e injustamente remuneradas, involucrándose en lo que se denominó la “cuestión social”.
En la diócesis de Zacatecas se instalaron secciones de la Sociedad Católica (para hombres y mujeres), se multiplicaron los miembros de operarios guadalupanos y múltiples asociaciones de oración y caridad vinculadas con algún santo cuyo propósito no solo se vertía a aspectos religiosos, sino también de cooperación y ayuda mutua entre socios de varios gremios o incluso apoyo a sectores desfavorecidos.
De esta manera, la práctica religiosa comenzó a acompañarse de nuevas formas de organización colectiva. Los católicos no solamente se reunían para el culto, sino que encontraron en estas asociaciones espacios para establecer vínculos, La Iglesia, por su parte, encontró en ellas una manera de fortalecer los vínculos entre los fieles y de ampliar su presencia en una sociedad que se transformaba rápidamente, motivando la presencia de periódicos de tinte confesional en donde se tendía a atacar las políticas que dejaban fuera el aspecto religioso.
En 1911, por ejemplo, se fundó una Sociedad Católica Mutualista de Obreras, muestra de que las mujeres también comenzaron a ocupar espacios dentro de esta creciente red de organización católica. Un año después, Zacatecas fue sede de la Cuarta Semana Social Mexicana, reunión en la que se discutieron diversos problemas sociales desde la perspectiva del pensamiento católico, como la condición de los trabajadores en las haciendas.
La importancia de este acontecimiento radica no solamente en que la ciudad fuera sede de una reunión de alcance nacional, sino en que muestra hasta qué punto se había desarrollado la capacidad organizativa de los católicos zacatecanos. Para entonces, la diócesis tenía casi medio siglo de existencia y aquella estructura que se había construido desde la segunda mitad del siglo XIX (19) —parroquias, sacerdotes, asociaciones, obras de caridad, prensa y organizaciones de laicos— comenzaba a adquirir una dimensión social cada vez más amplia.
La organización de los católicos comenzó a trasladarse también hacia el terreno político. Si durante décadas habían aprendido a reunirse, cooperar y defender intereses comunes dentro de asociaciones religiosas y sociales, a comienzos del siglo XX (20) algunos sectores católicos buscaron utilizar esas experiencias para intervenir directamente en la vida pública.
Así, cuando pensamos en los acontecimientos de 1926, debemos recordar que detrás de la oposición cristera existía una historia previa de organización. Los cristeros no surgieron de la nada, su rápida integración fue también el resultado de una sociedad católica que, durante décadas, había aprendido a organizarse.
*Maestra en Estética y Arte
