Es normal no ponerle atención a las cucharas. Lo cotidiano tiende a volverse invisible, aunque sea lo esencial. En ellas no hay novedad
Cualquier día es bueno para escribir sobre cucharas. Hay días en que es propicio hablar sobre asuntos políticos, otros sobre los chismes de lo que pasa en el pueblo y algunos más sobre los dimes y diretes respecto a lo que sea que entretenga al noble espíritu humano.
Hoy, en cambio, es un buen momento para hablar sobre uno de los inventos que menos ha cambiado con el tiempo: un objeto indispensable y cotidiano que, a diferencia de las costumbres, modas y usanzas de sus usuarios, no ha encontrado la necesidad de modificarse para seguir funcionando como al principio de su creación.
Básicamente, es un mango con una cabeza cóncava utilizado, entre otras cosas, para llevar los alimentos sólidos o líquidos a la boca. Un avioncito cargado de sopita, Pepto-Bismol o lo que sea que pueda aproximarse a las boquitas. Las hay lisas, largas, diminutas y gigantes. Hay cucharas de corte serio, clásico o moderno; las hay lujosas y desechables.
Suelen estar hechas de madera, plástico, oro y hasta de caparazón de cangrejo. Las más comunes, ésas que se guardan en los cajones de la cocina, son de acero inoxidable para que puedan lavarse tantas veces como días vivan sus civilizados usuarios.
Las cucharas se inventaron para no tener que andar comiendo con las manos porque, aunque sea divertido, es muy de bestias eso de embadurnarse los dedos en público, a menos, por supuesto, que sea en algún restaurante cuya dinámica consista precisamente en eso y cobre lo suficiente para poder justificarlo.
Una cuchara es como un puente entre la boca y el platillo, y debe aproximarse a la boca, no la boca a la cuchara. Las cucharas se jubilan olvidadas o tiradas por error, nunca desgastadas. Una vez que se adquiere una cuchara, poco cambia. Para empezar una vida independiente, se puede comenzar adquiriendo cucharas propias.
Se parecen mucho entre sí y, aunque tengan diferencias, casi siempre hacen lo mismo. Meter la cucharota en algo es intervenir en lo ajeno y cucharear consiste en manipular o alterar a conveniencia. Comer con la cuchara grande es servirse sin cuidado.
Las cucharitas del café, del té o de los postres saben que la diabetes se esconde en las porciones. La cuchara que se lleva a la boca estuvo antes en otras bocas, de las que se borra el registro con agüita y con jabón. Ninguna es igual, pero ni falta que hace distinguirlo.
Compartir una cuchara es signo de mucha confianza, casi como dormir de cucharita, volviendo el cuerpo útil para otro que mimetiza la acción. A veces las hay en las oficinas, las escuelas y los hospitales. En los aviones y en las prisiones no tanto, por miedo a que alguien descubra otros usos para ellas.
Cualquier lugar puede domesticarse llevándole una cuchara. Se pintan en las cocinas y restaurantes para que se sepa que ahí se puede comer, no vaya la gente a confundirse andando todavía en ayunas.
La palabra nace de la concha de caracol y, como todo lo demás, primero se reconoce y luego ya puede pronunciarse. A los recién casados se les regalan cucharas para que no se les olvide alimentarse una vez sosegado el amor.
Los españoles no trajeron las cucharas, tampoco la democracia ni el progreso, pero eso sí, siguen justificando el hurto del oro con el que hicieron las propias. Ahora muchas cucharas se hacen en China, como casi cualquier otra cosa que le dé forma a un hogar.
Hay cucharas tan diferentes como pretenden serlo quienes las tienen. Se pueden doblar con la mente o, por lo menos, intentarlo mientras nadie más esté viendo. Los albañiles las utilizan para enchinarle las pestañas a las casas. Una cucharada de la propia medicina a veces sirve, sobre todo cuando dejan de servir el karma o los juzgados.
Es normal no ponerle atención a las cucharas. Lo cotidiano tiende a volverse invisible, aunque sea lo esencial. En ellas no hay novedad. Por eso sí, cuando parece que la gente no es cuchara y no hay nada que decir sobre asuntos políticos, chismes del pueblo o dimes y diretes, cualquier día es bueno para escribir sobre cucharas.
