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    Opinión Por David H. López

    El otro mundial

    2 de julio de 2026No hay comentarios4 Minutos de lectura
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    Los grandes órdenes internacionales rara vez colapsan de un día para otro. Empiezan a vaciarse de contenido mucho antes de desaparecer formalmente. Eso ocurrió con el consenso en torno al libre comercio. Y ese parece ser el caso del T-MEC.

    La noticia de que Estados Unidos no renovará el tratado en los términos originalmente previstos no implica su desaparición inmediata. Pero sí marca algo más profundo: el cambio de naturaleza del acuerdo comercial más importante para México. De un esquema pensado para la estabilidad de largo plazo, hemos pasado a un modelo de negociación permanente, sujeto a revisión política constante. No asistimos a la ruptura del tratado, sino a su mutación.

    En el mismo calendario donde el planeta se entretiene con la narrativa de un Mundial que promete unidad, emoción y pertenencia compartida, en otro tablero —menos visible, pero más determinante— se están redefiniendo las reglas del juego global. No hay himnos ni banderas ondeando en estadios. Hay aranceles, cláusulas de revisión, cadenas de suministro y decisiones de política comercial que, aunque suenen técnicas, terminan definiendo el empleo, la inversión y el futuro productivo de regiones enteras.

    La integración comercial de Norteamérica, iniciada hace 32 años con el TLCAN y renovada posteriormente mediante el T-MEC nació como una promesa de reglas claras, integración productiva y certidumbre para el capital. Gracias a ello, la región pudo funcionar como una plataforma económica integrada, especialmente en sectores como el automotriz, el electrónico y el agroindustrial. Sin embargo, esa lógica se está desplazando hacia otra muy distinta: la de la revisión constante, el condicionamiento sectorial y la utilización del comercio como herramienta de presión política. En ese tránsito, la integración deja de ser un pacto de beneficios compartidos y se acerca más a una estructura de poder asimétrico. La cooperación no desaparece, pero sí se vuelve más inestable, más negociada y más incierta.

    Este giro no es fortuito. Responde a un cambio más amplio en la política estadounidense: el debilitamiento del consenso interno sobre la globalización, la presión por reindustrializar sectores estratégicos y la creciente percepción de vulnerabilidad frente a competidores externos. El error sería atribuir este viraje exclusivamente a Donald Trump. Más que un accidente político, parece reflejar un cambio de prioridades en amplios sectores de la sociedad estadounidense. Los gobiernos cambian; las transformaciones nacionales suelen permanecer.

    En ese contexto, los tratados comerciales como el T-MEC dejan de ser marcos casi automáticos y se convierten en instrumentos de política doméstica proyectados hacia afuera. El resultado es una integración regional que ya no se basa en la confianza en reglas duraderas, sino en la capacidad de renegociarlas constantemente. Esa diferencia es crucial, porque cuando las reglas dejan de ser estables, la inversión se vuelve más cautelosa y el crecimiento más frágil.

    El futbol, con su capacidad de suspender diferencias por noventa minutos, funciona como metáfora de un orden global que todavía quiere verse a sí mismo como compartido, armónico, casi natural. Pero esa imagen convive con otra menos amigable, la de un sistema internacional donde la integración económica ya no es un destino, sino un campo de disputa. El «otro mundial» no se juega en estadios. Se juega en oficinas de negociación, en congresos, en despachos comerciales y en decisiones de política industrial.

    Hablar de un «descenso» de la hegemonía estadounidense puede ser una tentación analítica, pero resulta incompleto. Estados Unidos no abandona el centro del sistema, pero sí modifica la forma en que ejerce su poder. Con menos reglas universales, más bilateralismo; menos estabilidad predecible y más presión caso por caso. No es un vacío de poder; es ejercerlo con mayor volatilidad.

    En ese entorno, los países intermedios enfrentan un dilema estructural. No entre independencia absoluta o subordinación total, sino entre diferentes grados de dependencia y la capacidad de diversificarla.

    Para México, el punto crítico no es si el T-MEC continúa o no, sino bajo qué condiciones. La integración con Estados Unidos y Canadá seguirá siendo un dato de nuestra geografía. Pero convertir esa realidad en una dependencia sin alternativas es una decisión política.

    Frente a ello, la pregunta no es si es posible escapar de la interdependencia. No lo es. La pregunta real es otra: cómo administrar esa interdependencia sin convertirla en dependencia absoluta. El «otro mundial» seguirá jugándose lejos de los estadios. Y sus resultados, a diferencia del fútbol, no terminan en noventa minutos.

    Lo que está muriendo no es el T-MEC, sino la idea de que Norteamérica podía organizarse alrededor de reglas estables. Estados Unidos ya comenzó a redefinir su interés nacional. ¿cuándo empezaremos nosotros a redefinir el nuestro?

     

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