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    Inicio»Editoriales»Opinión»El futbol ya no es del pueblo
    Opinión Por DAVID H. LÓPEZ

    El futbol ya no es del pueblo

    4 de junio de 2026No hay comentarios3 Minutos de lectura
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    La Copa del Mundo inicia exactamente en una semana y se vuelve inevitable decirlo: “El futbol ya no es del pueblo”.

    La frase la soltó Ricardo Tuca Ferretti, en una entrevista en YouTube. Mas que un análisis sociológico la frase sabe a sentencia, con la sinceridad que dan la experiencia y el hartazgo. No fue un discurso elaborado ni una conferencia magistral. Fue una observación al vuelo, casi un lamento, cuando le preguntaron por el Mundial que está por iniciar.

    Puede parecer una exageración. A mí me parece que no.

    Porque no basta con escuchar cifras y sorprenderse. La entrada general más barata ronda los cien dólares. Las localidades medias suben a varios cientos. Y eso es solo el boleto: el papel —o el código digital— que permite cruzar el torniquete. Luego vienen el hospedaje, el transporte, la comida en la ciudad sede, las tarifas dinámicas de las aerolíneas, los paquetes de estancia que convierten el partido en un producto de lujo. La FIFA todavía vende entradas populares, lo que no ofrece es que el aficionado popular viva el mundial. La pregunta no es cuánto cuesta ir al Mundial, sino ¿quién puede pagarlo?

    Y la respuesta empieza a dibujar un estadio vacío de albañiles, de estudiantes, de obreros, de la familia que ahorró todo el año para ver a su selección.

    Sin embargo, el problema es más profundo que un torneo cada cuatro años. El Mundial es apenas el síntoma más visible de un proceso que lleva décadas: el secuestro corporativo del futbol. La selección mexicana es un ejemplo cercano: durante años se ha privilegiado el negocio de los partidos en Estados Unidos sobre la cercanía con la afición que la convirtió en símbolo nacional.

    Luego, los horarios se definen para las pantallas, no para las gradas. Los calendarios se saturan con torneos inventados, supercopas, ligas de naciones, mundiales de clubes. Todo genera más contenido, más patrocinadores, más ingresos por derechos de transmisión.

    El futbol se volvió, en efecto, el negocio más exitoso del planeta. Factura miles de millones. Mueve más capital que muchas economías nacionales. Pero la paradoja es reveladora: ese negocio colosal nació precisamente porque el futbol era del pueblo. Porque se podía jugar en una calle polvorienta, en un baldío con latas, en una plaza con dos piedras que hacían de portería. Porque la pasión no exigía membresía ni código de vestimenta.

    La pasión nació abajo. El negocio fue una consecuencia orgánica, paulatina. Ahora el negocio pone las reglas y quiere olvidar su origen.

    Durante la pandemia vimos estadios vacíos. Las cámaras seguían rodando. Los patrocinadores seguían en las lonas. Las transmisiones seguían su curso. El espectáculo funcionaba sin un solo aficionado en las gradas. Faltaba solamente lo esencial: la gente. Y sin embargo, la máquina no se detuvo.

    En México los aficionados tenemos años quejándonos de cómo los llamados “dueños del balón” toman decisiones priorizando lo comercial en detrimento de lo deportivo. De allí el fracaso de la selección en Qatar al quedar eliminada en fase de grupos por primera vez en más de 30 años.

    Tal vez ese sea el verdadero riesgo. No que el futbol deje de ser negocio, sino que deje de ser una fiesta popular. Porque cuando una pasión se aleja de quienes le dieron vida, puede seguir produciendo millones durante algún tiempo. Lo que comienza a perder es algo más difícil de recuperar: su alma.

    https://davidhlopez.substack.com/

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