Lo relevante no es el intercambio cultural, sino obtener un pretexto de charla para presumir una vida socialmente envidiable
Es probable que los teóricos de la gentrificación, los estrategas de plataformas de alquiler vacacional y los empleados de mostrador que han perfeccionado el gesto de la amabilidad mecánica posean una visión más técnica sobre el turismo masivo. Para quienes observan el desfile de sombreros de paja y bloqueador desde la acera de la cotidianidad, el forastero cumple funciones muy precisas: oxigenar la caja registradora local y, fundamentalmente, documentar una odisea personal editada para el consumo digital. Bajo la lógica del explorador moderno, nada valida tanto el éxito de un viaje como el registro visual de haber estado ahí, coleccionando aprobaciones virtuales antes de abordar el siguiente vuelo o camión. Lo que menos importa, en esa bitácora de consumo, es la identidad genuina o las carencias del lugar que se recorre como si fuera un escenario de utilería.
El desplazamiento vacacional es, en el fondo, una jerarquía de destinos aspiracionales diseñada con filtros vibrantes para convencer al paseante de que el bienestar se mide por la lejanía del código postal propio. Es una narrativa prefabricada que se adquiere en cómodos pagos. Opera bajo la misma lógica que las compras impulsivas: se consume no por una carencia real, cuando a menudo el viajante lo que requiere es una tregua del ruido, sino porque el mercado decretó que la experiencia “todo incluido” es el trofeo definitivo de la clase media. Ocurre algo similar a las tendencias de opinión: si el algoritmo indica que un pueblo mágico es el nuevo paraíso, lo instintivo es sumarse a la procesión, aunque el sitio sea un montaje de lugares comunes adaptado al apetito de la masa.
Esta forma de persuasión es sumamente sutil. No obliga al sujeto a mirar algo específico, pero le proyecta lo que el resto ya está capturando con sus dispositivos. Pocos consuelos son tan efectivos como sentirse parte de la multitud que hace fila ante la misma fachada o puesta de sol, aunque ese grupo sea una colectividad unida únicamente por el vacío de su propio ocio. Así, el itinerario turístico no solo organiza traslados: moldea deseos y, de ser necesario, inventa tradiciones. Valdría la pena cuestionar, con una mirada más cruda, cuántos de los que portan la cámara colgada han logrado observar el entorno sin la mediación de una pantalla.
Supuestamente transitar por el mundo es un ejercicio de apertura mental para comprender lo ajeno. En la realidad, se asume que los itinerarios cerrados venden autenticidad sin matices. Se acepta también que los costos se inflan en las zonas de exclusividad para filtrar a la clientela y que el viaje de mochilazo es una inmersión pura en lo real, cuando a menudo es solo otro disfraz para consumir exotismo con un presupuesto ajustado. Son ejercicios de convicción ciega, pero con una maleta de rueditas.
Es paradójico que el ímpetu de curiosidad que alguna vez llevó a la especie a cruzar océanos y desiertos, hoy se reduzca a consumir el tiempo en la barra libre de un resort. La pulsión de explorar se ha domesticado tanto que ahora abundan los registros de viajeros perdidos en la intrascendencia de su propio descanso. Mientras el Estado delimita perímetros de confort para asegurar una tranquilidad que choca con el bullicio del visitante, el ciudadano común sobrevive a la inflación de precios que genera la presencia del forastero. Por una cuestión de simple contexto, el individuo en bermudas es vulnerable ante la oferta del servicio VIP, descubriendo que lo asombroso no está en el paisaje nuevo, sino en la sospecha de que cualquier paraíso es capaz de volverse monótono bajo el peso de la repetición.
Al concluir el ciclo, el viajero retorna a su origen cargado de objetos de plástico y camisetas con frases genéricas que pretenden encapsular una experiencia que ya se evaporó. Repartir estos souvenires es, en realidad, un acto de autoafirmación; un intento de reclamar un estatus en un entorno donde el prestigio se mide por la cantidad de memorias digitales almacenadas. El propósito del trayecto termina reducido a una colección de baratijas. Lo relevante no es el intercambio cultural, sino obtener un pretexto de charla para presumir una vida socialmente envidiable. Seguramente habrá agentes de viaje con una mirada más optimista sobre el equipaje mientras los turistas esperan, pacientes, el siguiente destino.
COLUMNA: EL SUEÑO DE LA RAZÓN
AUTOR: Israel Álvarez
CABEZA: La Coreografía del Visitante
