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    Inicio»Editoriales»EL SUEÑO DE LA RAZÓN
    Editoriales Por Israel Álvarez

    EL SUEÑO DE LA RAZÓN

    22 de marzo de 2026No hay comentarios4 Minutos de lectura
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    Era un día como cualquier otro en un mundo lejano en el que abundaba el zacate. Casi junto con el Sol, los pobladores conseguían levantarse para realizar esas cosas que habían hecho sin falta durante muchísimo tiempo. Sus trabajos consistían en mantener activa la maquinaria que hacía girar a su mundo y así, por fin, poder llegar al progreso.

    La rutina parecía inalterable. Unos apretaban teclas, otros jalaban palancas y unos cuantos más daban discursos justificando no apretar teclas ni jalar palancas para, en cambio, recibir aplausos.

    Para seguir avanzando todos eran necesarios, cada quien comprometido a lo suyo, aseguraban gustosos los aplaudidos mientras convencían a los otros. Aquel lugar, junto con su gente, estaba camino al progreso en un viaje sin retorno que parecía no tener fin.

    La mañana de aquel día algo dejó de funcionar. Los que jalaban palancas las dejaron de jalar y los que apretaban las teclas se quejaron de que así no podían continuar trabajando. La actividad se detenía y, debido al inminente colapso, más pronto que tarde salieron a intentarlo reparar los discursivos.

    El progreso no iba a llegar si cada quien no hacía bien lo que le había tocado, dijeron en sus dichos, esta vez sin recibir los aplausos a los que ya se habían acostumbrado. Las palancas se habían jalado ininterrumpidamente por ya muchísimo tiempo; detenerse solo iba a causar un retraso hacia su preciado fin, aseguraron.

    Los tecladistas, con miedo, presionaban con más fulgor sus teclados para que no fuera a cumplirse lo que habían especulado. Para sorpresa de muchos, aquel mundo no dejaba de girar.

    Qué lo mantenía andando, se preguntaba la gente. ¿Sería acaso que apretar teclas era la esencia de aquel movimiento inalterable o, quizás, eran los estrepitosos aplausos, resultado de los discursos, los que echaban a andar el mecanismo? Los que jalaban palancas se sintieron relegados; el mundo podía avanzar sin ellos o, al menos, así parecía en los discursos.

    Los que apretaban las teclas se sintieron importantes: exigieron mejores condiciones laborales, más días de descanso y menos horas al día para presionar sus teclados. Una vez creados sindicatos, exigieron plazas, bases y bonos de despensa que pudieran gastarse en otra cosa que no fuera despensa.

    Al no ver sus exigencias atendidas, amenazaron con parar y háganle como quieran. Al progreso no se llegaba sin su obra y, quizás, tampoco sin discursos, supusieron.

    Las crecientes exigencias no pudieron atenderse, no por falta de empatía, sino porque muchos de los que daban discursos nomás sabían hacer eso. Ante los incumplimientos, los que apretaban las teclas las dejaron de apretar, amenazando con que al progreso no se le alcanzaba sin ellos.

    Pulularon los discursos preocupados: ayúdenos a ayudar, decían; cada quien debe hacer lo que le toca; así no se va a poder; hay falta de información; aquí todos somos iguales; todos juntos construimos, y todas esas cosas vacías que repetían como mantras sonaban ahora más preocupantes. Ya no había quien apretara las teclas ni quien jalara las palancas o, más bien, sí, pero ya nadie lo quería hacer y, sin embargo, el mundo no parecía frenarse.

    Al percatarse del continuum, los que antes apretaban teclas, como los de las palancas cambiaron su vocación. Qué tal que habían nacido para recibir aplausos y nunca se habían enterado, pensaban.

    El mundo se llenó de discursistas que justificaban no trabajar en otra cosa y ahora se creían más importantes que cualquiera. Aquel mundo no podía girar sin su tarea; nadie nunca había sido más necesario. Al ser todos iguales, se confundían entre ellos y adoptaron colores para fingirse distintos.

    Los azules se creían más necesarios que los rojos y más efectivos que los verdes, pero en realidad, todos engañados, eran igual de inútiles. El problema era que ya nadie les aplaudía y el deseado progreso no se alcanzaba a asomar. Entonces, los discursos dejaron de importar. Sin embargo, nada pasó.

    Aquel mundo en el que abundaba el zacate no se detuvo y fue ahí cuando se dieron cuenta de que el progreso era la excusa. A la mañana siguiente, nadie sabía muy bien qué hacer y fue entonces, al saber que aquel mundo podía incluso girar sin ellos, que regresaron a lo propio y todo, repetido, de nuevo volvió a comenzar.

     

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