Genealogía de lo mismo
La palabra latina familiaris significa doméstico o perteneciente a la casa y se usa para denominar a las especies que han sido domesticadas o que conviven frecuentemente con seres humanos, tales como los canis familiaris mejor conocidos como chuchos. En la novela El principito, el zorro le enseña al protagonista que domesticar es dar cuidado y atención, lo que convierte a algo extraño en familiar.
Podría decirse, de tal modo, que familiarizarse es encontrar mínimos comunes que acerquen a los desconocidos, aproximen los adjetivos y vuelvan algo más cercano. Una familia es un grupo que comparte adjetivos, llámense apellidos, especie o similitudes genéticas que derivan de las mismas fuentes.
Cuando un establecimiento presume de ambiente familiar, significa que puede entrar cualquier persona, independientemente de su edad, género o de los demás adjetivos que comparta con su clan que, para lucrar con él, podría ser cualquiera. Los productos tamaño familiar son grandes, suficientes para las familias de antaño en las que todos los retoños eran bienvenidos por suposición divina.
Planificar la familia es relativamente novedoso, tanto como la precariedad y el individualismo de los que el capitalismo se ha beneficiado. Ahora las familias pueden estar integradas incluso por un solo miembro y quizás hasta un canis familiaris, sin necesidad de otros integrantes que, además de casa, compartan genes o supuesta afinidad política.
Algunos rostros de famosos, políticos y delincuentes, que podrían incluso pertenecer a la misma persona, resultan familiares de verlos tanto y tan seguido en lonas, espectaculares y múltiples medios de comunicación, con el único requisito de haber hecho algo suficientemente entretenible para el público.
Familiarizarse con algo es volverlo cotidiano, como el olor del arroz de la abuela, el sombrero del abuelo o el perfume empalagoso de la tía que decidió no continuar la familia. Los lazos familiares pueden ser genéticos o políticos, porque además de lo sanguíneo, familiarizar es un acto en el que el poder se reparte conforme a jerarquías preestablecidas en esas tribus llamadas familias.
Al derecho familiar le corresponden los matrimonios, divorcios, adopciones, alimentos, herencias y todas esas cuestiones por las que vale la pena pelearse jurídicamente con algunos afines o consanguíneos. La familia es el núcleo de la sociedad porque es en ese círculo donde se aprende a reproducir, además de comportamientos, prejuicios y perspectivas, todo aquello a lo que se le puede llamar cultura.
Puede que sea cierto que en los genes se heredan predisposiciones que condicionan la existencia; de lo que no hay duda es de que los vicios, perspectivas, estereotipos y sesgos culturales se aprenden mucho mejor en el núcleo familiar.
Carnal viene de carne porque, en la búsqueda de esos mínimos comunes, los cuerpos familiares suelen haber partido de un mismo conjunto de carne, tejidos, huesos y todos los prejuicios que se esconden en la médula.
Se vuelve casi magia la capacidad de reproducirse para que el mundo nunca se quede tan solo, para que siempre haya habitantes que lo ocupen y que puedan distinguirse entre sí por sus nombres propios y, por supuesto, por apellidos que los relacionen tanto entre ellos que hasta les resulte tentador podar el árbol genealógico para no lucir muy nepotistas.
Que no parezca que se hizo mal uso de la familiaridad, porque ni que esto fuera España, Inglaterra o algún reino africano donde ciertos tronos se heredan y no se ganan, como se debe, por puro mérito, suerte o concurso.
Familiar es adjetivo y sustantivo: nombra la cercanía, la cotidianidad y la relación con un mínimo común que distingue a unos de otros. Familiar también es un mecanismo silencioso, comprobable en credenciales, por el que lo repetido deja de sorprender por verlo tanto y tan seguido.
Lo familiar no siempre es lo que mejor se conoce; a veces hasta se esconde o se disimula, no vaya a creer el mundo que no se tiene abolengo, buena genética o una herencia suficiente para despreocuparse del destino.
Familiar es todo aquello que se ha aprendido a no cuestionar solo por la cercanía, el núcleo de las sociedades y la base de una civilización que presume ser tan doméstica como los canis familiaris mejor conocidos como chuchos.
