Milagros mineros: el Cristo de la Parroquia
El 26 de enero se conmemoró, una vez más, al Cristo de la Parroquia de la Catedral de Zacatecas, una devoción profundamente arraigada en la historia religiosa de la ciudad y que, aunque hoy pasa casi desapercibida para muchos, durante siglos ocupó un lugar central en la vida cotidiana de los zacatecanos.
La fachada norte de nuestra Catedral está dedicada enteramente a la imagen de un crucificado al que barrocamente se le añadió un dosel o baldaquino que resguarda tanto al crucifijo como a las figuras dolientes de la Virgen María y San Juan.
El Cristo ahí esculpido no es más que la representación labrada del santo Cristo de la Parroquia (hoy Catedral), que se encuentra al final de la nave del Evangelio, al lado izquierdo del templo. Aunque para muchos zacatecanos esta imagen forma parte de los elementos ornamentales de nuestra Catedral, hubo un momento en que fue tan importante que no hubo asunto personal o colectivo que no se le confiara.
El conde de Santiago de la Laguna, Joseph Rivera Bernárdez, dedica todo un capítulo a la historia de esta devoción en su Descripción Breve de la Muy Noble y Leal Ciudad de Zacatecas. En ella afirma que “la mayor noticia que se tiene del origen de este señor es, la de haberle traído el ilustrísimo y venerable señor doctor don Francisco Gómez de Mendiola, oidor de la Real Audiencia de Guadalajara, y después obispo de la Nueva Galicia” quien, tras haber fallecido en esta ciudad, dejó la imagen en una visita pastoral. Siguiendo la información de Bernárdez, sabemos que entonces el Cristo llegó a Zacatecas aproximadamente en 1576, pocos años después de su fundación.
A partir de entonces se le atribuyeron numerosos portentos y milagros, como cuando en el siglo 17 se dijo que fue el responsable de apagar un incendio que casi consumía varias casas al frente de su capilla, cesando las “llamas abrasadoras (sic)” con su sola presencia.
En 1714, llevándose a cabo la obra de la Catedral, uno de los trabajadores se cayó desde un andamio de tal altura, que la fuerza de la caída lo dejó sin sentido; Rivera asegura que los testigos, habiéndose encomendado al Cristo de la Parroquia, lo llevaron hasta su altar e inmediatamente quedó “del todo sano y sin lesión alguna”. Al rico minero Domingo de Tagle y Bracho le salvó la vida al impedir que un mosquete que explotó en sus manos le hiciera daño alguno, por lo cual “mandó poner en su capilla, un lienzo grande con su marco y al pie colgado el mosquete”.
Se dijo también que a tres operarios de minas les salvó de un derrumbe por el que quedaron atorados aproximadamente dos días; la población de la ciudad, con el ánimo de poder rescatar los restos, trabajó arduamente para tal afán hasta que los encontraron vivos “sin mácula alguna, ni defecto”. Al sacarlos dijeron que se habían encomendado al Cristo crucificado de la Parroquia.
“Milagros” por el estilo fueron recopilados en las páginas de la Descripción, lo que nos hace percatarnos de que era una devoción de gran popularidad en el Zacatecas del siglo 18.
Al Cristo también se le atribuían los sobresaltos de la minería, e incluso, se le llegaba a implorar su intercesión para salvaguarda de tal actividad. En 1728 se le sacó en procesión para la provisión de mercurio, -elemento indispensable en la producción de plata- cosa que pareció cumplirse cuando días después “entró un correo con las noticias alegres de […] estar asegurados los azogues”. Y esa no fue la primera vez que el Señor intervenía en los aspectos argentíferos de la región: Bernárdez señala que “en tiempos pasados […] acudió la minería a este señor, haciéndole un novenario […] y el día que se empezó dicho novenario, vino la noticia a esta ciudad de quedar aprestados dos bajeles que llegaron con azogue a la Vera-Cruz”.
Estos datos confirman que el Santo Cristo era una devoción muy importante para los mineros quienes le encomendaban el futuro de sus penas y trabajos. Actualmente el Cristo ya no recibe tantos ex votos u obsequios, pero continúa presente, como testigo de otros tiempos y como recordatorio de que las devociones son tan mutables como la vida misma.
*Maestra en Estética y Arte
