Desacostumbrados
Al tiempo se le enfrenta con la costumbre, haciendo como si, de tanto repetir lo mismo fuera posible controlarlo. Es una estrategia curiosa: en lugar de detener la marcha inevitable de los relojes, se pretende engañarlos creando la ilusión de estabilidad. Acostumbrarse implica establecer un vínculo con aquello que se realiza de manera habitual, casi como si cada acto fuese una cuerda invisible que ata los días entre sí.
Levantarse temprano, dormirse tarde o celebrar los solsticios como pretexto de convivencia pueden, con el paso de los días, transformarse en hábito. Parece que lo importante de tales acciones no es tanto la actividad misma, sino los lazos mentales, familiares y sociales que se consolidan mientras se llevan a cabo. Las costumbres fortalecen esos lazos en caso de que la maquinaria del tiempo llegara a fallar y dejara de regirse por su ritmo misterioso.
Habituarse también puede ser un acto involuntario. Se puede caer en él sin reflexionar, sin notar el gesto repetido que se vuelve ley personal. Pasa con la comunicación: resulta fácil acostumbrarse a usar la boca para hablar con quienes están habituados a oír. Parece simple, pero el problema surge cuando algunos hablan mucho más de lo que escuchan y entonces la operación se vuelve fallida.
Los discursos grandilocuentes no buscan respuestas, porque al recibirlas podrían convertirse en diálogo, y eso ya sería otra cosa. El diálogo exige escucha, pausa y riesgo. Con unos cuantos aplausos, el orador cree haber dicho algo valioso y los oyentes creen haber entendido. Es costumbre alzar la voz al no sentirse escuchado y, llegado el caso, gritar. Para gritar por gusto, miedo o placer no hace falta entrenamiento previo. Se grita espontáneamente, casi como si el cuerpo se adelantara a la razón.
A veces, quienes creen tener algo urgente que decir gritan mientras opinan. De vez en cuando, ofrecen conferencias de prensa en las que rentan oídos para exponer lo que les urge comunicar. Los habituados a escuchar por necesidad, gusto o convicción debaten si aquello que se les otorgó estuvo bien o mal y, como dicta la costumbre, llegan a conclusiones mediante vínculos que los sostienen.
Todos tienen algo que decir, pero en medio del ruido es más fácil acostumbrarse a callar que competir con gritos interminables. El silencio no siempre es señal de sabiduría, pero tampoco el ruido es garantía de verdad.
Por lo general, nadie cuestiona lo que se hace por costumbre. De las prácticas habituales han surgido tradiciones y la ley, pero también vicios y doctrinas que no aportaron beneficio alguno al mundo. Cuestionar es dudar de la razón o, al menos, aspirar a ella. Dudar implica incomodidad, aceptar que lo que se repite puede ser inútil o hasta dañino, por atractivo que parezca.
A pesar del tiempo, siempre cabe preguntarse si lo acostumbrado es correcto, útil o simplemente absurdo. Dudar no detiene los relojes, solo revela su mentira. Muestra su imparcial disfraz. Para gritar se necesita no dudar del propio grito. La duda lo quiebra, lo matiza, lo hace humano. Muchos gritos ensordecen por costumbre, incluso cuando ya nadie los escucha.
La costumbre no combate al tiempo, lo disfraza con rutinas para que parezca inagotable. La duda, en cambio, revela el afán por lo preciso y ayuda a discernir que no todo hábito merece repetirse. Opinar es decir y desdecirse dependiendo de las dudas y del tiempo. Son discursos repetidos y filtrados, gritos que se transforman en charla. Se opina por costumbre para dudar menos lo dicho. Por eso faltan opiniones que incomoden.
Por si la lenta maquinaria del tiempo llegara a fallar, a todo es posible acostumbrarse. A levantarse tarde, dormirse temprano o ponerle otro nombre a la celebración de los solsticios; a gritar de vez en cuando y callarse solo si resulta indispensable. Se puede opinar sobre todo sin garantía de la razón, pero se puede soñarla o dormirse de esperarla.
Es posible dudar; es necesario, aunque tiemble la voz cuando se grita, aunque primero se escuche y luego la boca aporte utilidad por dejar de repetir lo mismo, y entonces cuestionar los vínculos mentales, familiares o sociales, cuestionar grandes discursos y, quizás incluso a pesar del tiempo, poder así desacostumbrarse.
