Para oler no se necesita dar ni pedir permiso, lo cual puede derivar en la invasión de los olores que salen o llegan sin regulación alguna
Aunque bastante importante, el olfato es uno de los sentidos cuya presencia suele pasar más desapercibida. La mecánica del respiro ha vuelto casi invisible la importancia de oler; solo suele hacerse consciente cuando una gripa o una alergia permiten echarlo de menos. Para oler no se necesita dar ni pedir permiso, lo cual puede derivar en la invasión de los olores que salen o llegan sin regulación alguna. En su innegable condición animal, el ser humano naturalmente huele como tal, con la diferencia de que este animal que se dice también pensante, racional y estético se permite adecuar el olor para pretender alejarse de esa bestialidad olfativa, aunque sea nomás mientras se disipa el perfume.
Jazmín, rosa, bergamota, vainilla, limón, cedro y demás ingredientes han sido utilizados para confeccionar los más complejos aromas que componen perfumes de catálogo, de diseñador, de nicho y de toda la exclusividad comercialmente imaginable. Eso sí, cada vez los perfumes cuestan más y duran menos. La originalidad en el mundo de la perfumería es equiparable a la de cualquier otro tipo de arte. Hay esencias clásicas que nunca pasan de moda, auténticas obras de arte y composiciones rarísimas que encuentran públicos selectos que les rinden culto. Fragancias frescas, florales, orientales, amaderadas o musgosas predominan en todos los intentos por dejar de oler a simplicidad humana.
Sensualidad, misterio, madurez, frescura, juventud, elegancia, seguridad, limpieza y demás calificativos describen aromas que de otro modo sería difícil describir sin las palabras. Describir una fragancia resulta más fácil partiendo de algún recuerdo; por eso, al olfatear es bastante común evocar las primeras impresiones de todo lo que rodeó el primer encuentro con ese aroma o, en su caso, concebir nuevos recuerdos u olvidos según lo permitan las circunstancias. Al nacer, primero se huele; ya luego el resto de los sentidos podrá contribuir a la creación de memorias. No es que se huela mejor cuando se cierran los ojos, sino que los recursos intelectuales son limitados para repartirse entre diferentes vías.
Habría que agradecerle a don Dior, a doña Chanel o a don Pachulí la oportunidad de capturar algunos recuerdos a partir de sus fragancias que, de otro modo, se esfumarían tan rápido como se esfuma todo lo que no logra colgarse de los sentidos, aunque sea por un módico costo y, con un poco de suerte, a meses sin intereses. Se puede sonreír, fruncir el ceño, sulfurarse e incluso inexplicablemente sentirse atraído por algún aroma; es decir, sentir todas esas cosas que siente el humano, aunque diga que siente diferente al resto de los animales que todavía no aprenden a comprar perfumes a crédito.
En su ambiente natural, los animalitos no humanos tienen sus propios aromas para marcar territorio, mandarse señales entre ellos y, por supuesto, para intentar aparearse. Qué segura y jovial parece esa leona oliendo a cedro con magnolia; qué misterioso el elefante oliendo a piña fermentada con un poquito de musgo; qué elegante resulta la ardillita cuando huele a higo mezclado con pera silvestre. Qué animales tan simpáticos restregándose maderas, flores o frutos en su animalesco cuerpito, o mejor aún, atomizándose varios disparos en los dobleces para que la experiencia estética resulte mientras les dura el aroma. A esto olía mi abuelo, a esto mi ex amante y a esto va a oler tu recuerdo para poder olvidarlo hasta que invada de nuevo.
Los aromas invaden, llegan y confrontan sin pedir tanto permiso. No falta, por supuesto, quien vaya pasando y deje una estela de su perfumada adquisición favorita para que se note su presencia o de perdido, su ausencia. Tan seguro y elegante como ardilla. Usted huele a alguien jovial con mucha seguridad, justamente eso que me andaba haciendo falta. ¿Dónde compro su perfume? Aquí tiene mi mecánica del respiro. Haga usted con ella lo que quiera en la oficina, en la escuela o en el camino por el que nomás iba pasando inconsciente de mi olfato. Aunque sea el primero en despertar, sigue siendo el sentido más olvidado y más invadido hasta que llega la gripa, una alergia o, de perdido, algo que se suponía borrado. Porque los perfumes duran poco; las invasiones que dejan, bastante más.
COLUMNA: EL SUEÑO DE LA RAZÓN
AUTOR: Israel Álvarez
CABEZA: Invasiones invisibles: la mecánica del respiro
