Cuentos de abuelas (I/II)
Loxandra, personaje que guía la novela del mismo nombre (Acantilado, 2018), es un homenaje a la abuela de María Iordanidu (Constantinopla-1897-Atenas, 1989), la autora. Loxandra es una constante invitación. Invita, por ejemplo, a comer: “—Jaríclia. Mírame. Está soplando viento del sur. Caerá un aluvión de sardinas. ¿Por qué no vas a comprar para hacerlas a la parrilla? Pero no olvides que hay que envolverlas en hojas de parra. Untas muy bien con aceite la hoja de parra, pones encima la sardina, la envuelves y la dejas en la parrilla. Pruébala y verás lo que es… Hummm…
“—¿Tú qué vas a preparar hoy?—pregunta Jaricló.
“—Tengo codornices. Tzarmados fue de cacería a Har-talimi y me trajo codornices. Si quedan buenas, te mando algunas para que pruebes”, (pp. 91-92).
Y la comida está presente en cada episodio de la vida de la familia que como matriarca aglutina Loxandra, ya sea a través de los festejos religiosos, familiares, de los reencuentros; o como guardiana de la casa que se procura buenas relaciones con el vecindario o con los ambulantes que transitan, ofreciendo servicios, por delante de la casa. Loxandra ocurre en Constantinopla, antes de la Gran Guerra, cuando esa ciudad permitía convivir religiones y las identidades que las cuidaban y cada etnia o nación tenía oficios asignados y las relaciones se limitaban con claridad (para una mujer) según el credo profesado y la relación del oficio con el llevar la casa.
“¿Vas a estar aquí por la mañana? ¿No querías ir a darte un baño? No vayas, mi princesa, espérate unos cinco o seis días, deja que pase esta semana. Es un pecado que vayas tú y que encima expongas a las niñas”, sigue el diálogo citado arriba que refiere, según la traductora, Selma Ancira, a una creencia popular sobre el agua y sus propiedades nocivas en los primeros seis días de agosto. Loxandra conserva las tradiciones, esas que con frecuencia están en el borde del abismo, a punto de desaparecer, opuestas a las que se asoman en la esquina de los nuevos tiempos, sobre el bienestar o la crianza de los hijos.
Loxandra es una abuela; puede ser nuestra abuela, la de cualquiera de nosotros; tal vez algunos tienen una abuela como Loxandra, que está ahí recordándose los tiempos de su juventud, compartirlos. Evocar con nostalgia sus tiempos, evidencia de los cambios.
Loxandra se divide en tres partes: la felicidad de su matrimonio; la viudez en que los hijos “hacen lo que quieren con ella”; y el exilio con nietos. Loxandra guía la novela porque todos vuelven a ella, aunque no sea siempre quien dirige las acciones; cada hijo, cada pariente, hace como le parece y solo la madre a veces conmina, aconseja, intercede con sus amuletos, o su virgen, pero nunca reprende.
Los sucesos que marcan la vida de Loxandra son los de la vida cotidiana, no hay grandes sobresaltos: festejos, algún terremoto, muertes; la guerra solo aparece cuando puede afectar la vida familiar o algún miembro se ve involucrado. Todo se lleva con la tranquilidad de asumirlos como parte de los ciclos. La nostalgia que persiste es parte de la autora, de las comidas no probadas, de esa tranquilidad que no volverá.
