Los convencionalizados
Los convencionalismos sociales son normas de comportamiento no escritas que se van adoptando por la pura costumbre y la repetición. Vestirse adecuadamente, saludar, despedirse, sonreír y no hacer demasiado ruido en público son convencionalismos sociales que se adoptan pensando en que los demás no la pasen tan mal por culpa de los convencionalizados.
Para utilizarlos no es necesario entender los porqués ni paraqués. La educación, los valores y todas esas cosas a veces se pueden aprender en la casa o ya de perdido en la escuela. Lo aprendido va formando las reglas de comportamiento entre lo que es normal o no en una sociedad determinada sin necesidad de escribirlo en ningún lado.
Algunas madres y hasta padres de familia enseñan a sus hijos cómo deben comportarse en eso que ellos aprendieron era la vida real. Otros, se ahorran la molestia y les pagan a profesionales para que les enseñen a ser lo suficientemente civilizados y así, puedan enfrentarse con el resto del mundo que, en el mejor de los casos, también ya aprendió a ser así.
Cada convencionalizado es su propio ejemplo. Los niños educados son como señores chiquitos porque siempre andan bien vestidos, saludan, se despiden, sonríen y no hacen mucho ruido a menos que sea muy necesario. Eso les agrada a los adultos, les da la razón. De cualquier modo, en la infancia es más o menos normal no preocuparse demasiado por actuar como adultitos civilizados porque ya tendrán tiempo para eso.
A pesar de todo, los que ya dejaron de ser niños pueden seguirse comportando infantilmente si se les da la gana. Al parecer, la infancia dura tan poco que nunca es suficiente como para abandonarla definitivamente. Los que sí se convencionalizaron hacen filas, esperan turnos, ceden el paso, se desean buenas tardes y se limpian con servilletitas las trompas para que nadie se entere de lo que comieron. Agradecer, pedir perdón, guardar silencio y pedir las cosas por favor son convencionalismos que a lo mejor no cambian la gran cosa, pero al menos actúan como lubricantes sociales para que la cotidianidad se resbale adecuadamente. Convencionalizarse correctamente implica no darse cuenta de hacerlo.
Cuando alguien habla habría que esperar a que termine para poder responder, no habría que gritar a menos de que fuera sumamente necesario y habría que desear salud cada que alguien estornude. No habría que ver demasiado fijo a nadie, hablarle sin conocerle ni susurrarle a otro alguien enfrente. No está bien salir semidesnudo a la tienda ni muy despeinado o portar pedacitos de cilantro y chile rojo entre los dientes.
Los guardianes del orden pueden castigar a los que falten a la moral en turno y a las buenas costumbres. En un mundo convencionalizado todos pueden ser guardianes de su cumplimiento, lo de menos es entender los porqués ni paraqués. En el acto de convencionalizarse se empieza por lo propio y hasta para rebelarse hace falta saber cómo.
El problema con los convencionalismos es que, para funcionar, necesitan respetarse y como que respetar algo nomás por imposición, siempre ha costado trabajo en cualquier sociedad. A los que no se convencionalizan puede tachárseles de maleducados, groseros, tarugos o cualquier otro insulto previamente convencionalizado que sirva para hacer sentir mal al insultado.
Los insultos también son convencionalismos porque para sentirse agraviado hace falta estar de acuerdo en el efecto de lo que, de otra manera, solo sería un estéril vocablo. Hay señales, gestos, sonidos, movimientos y expresiones para insultar siempre y cuando los insultados se enteren. El amor, la amistad, la familiaridad, el odio, la venganza, la envidia, el rencor y hasta el pudor tiene sus propios convencionalismos sociales.
Hay un acuerdo tácito, o más bien muchos, que dependen del lugar y del tiempo en que se habita para adquirir convencionalismos que pueden compartirse con otros para así sentir que están bien o que al menos, son adecuados, aunque sea nomás por compartirse.
Cualquier convención que no se comparta podría parecer ridícula porque algo es ridículo cuando no tiene una razón justificada. Todo puede ridiculizarse sacándolo de su contexto. No es necesario saludar a los vecinos, darle gracias al del Oxxo o sonreírle a la patrona, son convencionalismos escritos en ningún lado. Incluso, habrá quienes decidan no hacerlo hasta que de tanto repetirse, aunque sea nomás para ellos, se vuelva completamente normal.
