El escrutinio público y sus injusticias
Tengo muy claro cuándo decidí aventurarme a estudiar “para trabajar en gobierno”, como luego me dicen cuando explico que estudié administración pública. Cuando salí de la preparatoria en el Instituto Miguel Agustín Pro (IMAP), conocido coloquialmente como “El Seminario”, en aquel ya lejano julio del 2000, tenía la opción de ingresar a contaduría en la UAZ, a la licenciatura en administración en el Tec Regional o igual a administración de empresas en una institución privada.
Al paso de los meses, un día llegó mi papá a casa con el periódico El Universal, que tenía impresa en dos planas, justo a la mitad del periódico, la convocatoria para ingresar a la UNAM. Ahí leí “Licenciatura en Ciencias Políticas y Administración Pública”. Presenté examen. Quedé. Hice mi licenciatura. Soy servidor público de formación académica, formación profesional y vocación humana e intelectual.
Quien revise mi historia profesional, se puede dar cuenta de que he sido extraordinariamente afortunado porque Dios me ha dado la oportunidad de trabajar en distintos lugares, ámbitos de gobierno y etapas de la vida pública de México, que me han hecho aprender muchísimo. Y sigo aprendiendo, porque eso no se acaba. El aprendizaje sobre los asuntos públicos es algo de toda la vida.
Desde muy joven entendí la dimensión de la palabra “burócrata”, pero mire, vamos a entendernos sobre algo, para tratar de hablar el mismo lenguaje: si Usted escribe en el buscador de Google “burocracia”, le va a aparecer en la visión general creada por IA que “La burocracia es un sistema de organización jerárquico y formal basado en reglas y procedimientos para gestionar asuntos, ya sea en el gobierno o en empresas privadas.
Se caracteriza por la división del trabajo, la especialización, la estandarización de procesos y la toma de decisiones basadas en normas, lo que busca lograr eficiencia y racionalidad. Aunque puede ser ineficiente debido a su rigidez y lentitud, también tiene ventajas como la estandarización de procesos, la impersonalidad y la continuidad administrativa”.
Así pues, el sistema burocrático está formado por burócratas, personas que realizan una labor basada en reglas y procedimientos específicos y que, en lo gubernamental, tiene determinadas características a raíz de ciertas consideraciones de índole jurídico en lo administrativo y en lo laboral, entre otras perspectivas.
Ser llamado “burócrata” en el ámbito de lo público, entonces, podemos entenderlo como el reflejo de ser parte de ese sistema que, además, puede llegar a ser ajeno y desconocido para las personas porque, obviamente, no forman parte de él y de las propias organizaciones que lo integran, las cuales atienden temas específicos (política, finanzas, educación, salud, infraestructura y un largo etcétera) y en su actuar ordinario, van generando formas de entendimiento, trabajo y hasta supervivencia.
El burócrata de una organización pública, así pues, está sujeto a la opinión de aquellas personas con las que tiene una vinculación directa o indirecta, entre otras razones debido a que el resultado del trabajo burocrático puede tener cierta injerencia en la vida “común y corriente” de las personas. Y estoy seguro de que, en este punto, a usted le puede venir a la mente la imagen de una persona de responsabilidades secretariales en una oficina gubernamental o bien, una persona de “atención al público” que en lugar de atender u orientar puede estar comiéndose una torta, o qué le parece la idea de una persona de una institución hospitalaria pública que no sabe explicarle el por qué no hay médicos o medicamentos. ¿Me sigue?
A veces tenemos una idea limitada del quehacer de las personas y de la dimensión de los trabajos gubernamentales, y nos hacemos una idea que, incluso, estigmatiza o encuadra en estereotipos a las personas que realizamos
Sin embargo, el mundo burocrático, tan amplio y diverso, genera espacios donde hay una especie de percepción injusta de las cosas, porque muchas veces el trabajo bueno, el de siempre, el de la ayuda de todos los días o del “deber ser”, no se reconoce como tal.
Es decir, se entiende que el burócrata está obligado a hacer un determinado trabajo -“para eso se le paga”, como muchas veces se le dice en sentido peyorativo- pero, cuando algo sale mal, no importan las mil veces que las cosas salieron bien. ¿Me explico?
Así que, sin más, quienes nos dedicamos al servicio público debemos entender que no siempre se nos agradecerá, reconocerá o valorará tal o cual esfuerzo -insisto, es nuestro trabajo- pero también tenemos que engrosar la piel para entender que para muchas personas es muy fácil canalizar su ira, ignorancia, frustración o hasta maldad opinando sin conocer, sembrando discordia, duda o falsedades, incitando desde el anonimato -como el que da las redes sociales- para que se siga generando una idea equivocada del trabajo burocrático. Ni modo, es lo que es.
*Doctor en Ciencias Políticas y Sociales con orientación en Administración Pública, UNAM
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