24º Festival Barroco
El Festival Barroco del museo de Guadalupe siempre fue de mis favoritos. Desde que era adolescente encontré un espacio donde podía estimular mi gusto por la historia y el arte a través de la escucha atenta de académicos de renombre nacional.
De otra manera, y en esa época, difícilmente hubiera tenido acceso a esos nombres y a esas ideas que en ese entonces me parecían lejanas de la cotidianidad zacatecana. En cada edición, el Festival Barroco me permitió acercarme a un mundo intelectual que aspiraba.
Este año, la programación regresa con actividades que van de los conciertos didácticos a los talleres de encuadernación, pasando por recorridos multimedia que nos invitan a navegar por el Pacífico, conociendo los tesoros de galeones o a entender cómo las rutas de la nao de China, que marcaron la vida cotidiana de la Nueva España.
La apuesta nuevamente es mostrar que el barroco más que un estilo, fue una época marcada por la circulación de bienes, personas e ideas, no exentas de drama, boato y una que otra excentricidad.
Que en esta edición se recupere este cruce transcontinental es un acierto, como lo fue con la exposición temporal Pintura afectuosa de una hermosa peregrina, recordándonos que el barroco no se entiende solamente desde los retablos dorados o las fachadas labradas, sino también desde los intercambios culturales e ideológicos que dieron forma al sistema mundo que hoy vemos tan claro y tan patente.
Sin embargo, a pesar de hablar de procesos tan amplios y transcontinentales, en esta edición se decidió mantener un acento profundamente local; en esta edición se extraña una participación académica que ponga énfasis en los procesos glocales (sí, con “c”), donde se pone de manifiesto como las experiencias locales se nutren de un panorama global más amplio y siempre influyente.
En el mundo barroco era patente que las fronteras entre lo mundial y lo comunitario no eran tan rígidas y que incluso ciertas prácticas o identidades locales se difundían hasta en las latitudes más insospechadas. Pensemos por ejemplo como el lujo asiático llegó a las grandes casas novohispanas, donde la seda podía estar presente entre los ajuares de las familias mineras zacatecanas.
Me gustaría destacar también que la programación se caracteriza por su tono didáctico. No se trata solamente de ser actores pasivos que escuchan un concierto o una conferencia, sino de involucrar a los públicos en talleres y representaciones para niños y adultos.
Uno de los grandes aciertos del festival ha sido y es el ofrecer el pasado no como un discurso congelado, sino como una experiencia que puede escucharse, tocarse e incluso saborearse (en este sentido se extrañó el bufet barroco).
Guardo recuerdos entrañables de lo que el Festival me permitió vivir en algunas de sus ediciones. En una ocasión tuve la oportunidad de escuchar a Yuri de Gortari hablar sobre la cocina virreinal y probar un secular “mancha manteles”. O de asistir, dentro del templo, a un concierto de la Orquesta Barroca Mexicana con una interpretación de Las Indias Galantes que me presentó a Jean Philippe Rameau.
El Festival Barroco cumple así una doble función. Por un lado, acerca a la comunidad a ese patrimonio que muchas veces damos por sentado y no visitamos, es decir, al ex Colegio de Propaganda Fide y su historia; por otro, nos recuerda que la historia de esta tierra nunca estuvo aislada, sino que formó parte de un entramado más amplio.
En esta tensión entre lo local y lo global, reside quizá su mayor riqueza. Más adelante le contaré mi impresión sobre la exposición que articula el tema principal de esta edición El Galeón de Manila: rutas del comercio y la evangelización.
*Maestra en Estética y Arte
