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    Opinión Por Israel Álvarez

    EL SUEÑO DE LA RAZÓN

    7 de septiembre de 2025No hay comentarios4 Minutos de lectura
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    Los adentros

     

    Las paredes no solo dividen espacios, también condicionan lo que se puede decir y hacer dentro de ellos. Separan lo público de lo privado, no solo en el plano físico, sino también en el simbólico. Bajo su protección, muchas personas se permiten hablar de lo que afuera callan. La privacidad, entonces, no es un hecho natural, sino una sensación cuidadosa y simbólicamente construida. La privacidad es un acuerdo social sostenido por paredes y cerraduras.

    En los lugares encerrados por paredes; casas, cuartos o dormitorios, se puede ser sin tanta vigilancia. Mientras más pequeño y cerrado el espacio, más íntimo parece. Los cuartos personales, por ejemplo, son santuarios de identidad. No hay otro sitio donde se pueda actuar con tanta libertad como en el interior de un cuarto propio. Pero esa libertad es relativa: también ahí se puede ser observado, invadido y juzgado; sin embargo, se necesita invitación.

    Al darse cuenta de esta relación entre espacio y confianza, distintas instituciones empezaron a reproducir escenarios de privacidad para propósitos muy distintos. Psicólogos, ministeriales y religiosos se apropiaron del poder simbólico de las paredes. Así nació la cámara de Gesell, el confesionario y las oficinas privadas. Estos lugares se diseñaron no para proteger, sino para provocar. Sitios en los que, al simular intimidad, se abre la puerta a lo que usualmente se reprime: confesiones, verdades y vulnerabilidades.

    Una confesión no es otra cosa que un examen de conciencia verbalizado. Puede ser diagnosticado, perdonado o judicializado, pero nunca queda intacto. Siempre hay alguien que escucha, interpreta y evalúa la confesión. Por eso, lo privado se convierte fácilmente en materia pública en cuanto cruza la frontera de lo dicho. La moral es la que juzga lo privado. No importa lo grueso de las paredes, todo podría ser usado en contra.

    Aun así, se necesitan estos espacios. Se buscan. La gente se siente más segura cuando una puerta se cierra y cuando alguien dice: “Vamos a hablar, aquí todo queda entre nosotros”. Como si la arquitectura del encierro bastara para sellar un pacto de confidencialidad. En ningún lado mejor como adentro. Como si las paredes realmente pudieran contener cualquier secreto. Me gusta como eres cuando nadie te está viendo.

    Pero existe un espacio que pone en crisis la ilusión de control: un elevador. Un cubículo suspendido, neutral e inevitable. Cuartos flotantes en los que se comparte un par de metros cuadrados con completos desconocidos, compañeros eventuales que tampoco fueron invitados a esa convivencia.

    El tiempo se comporta de forma extraña en los elevadores. Todo se ralentiza mientras se espera el siguiente piso. Se bajan los ojos, se aprieta el botón, se mira el número digital cambiar. No se habla, pero se escucha. No se observa, pero se registra. Observado observador por cercanos pero extraños.

    En los elevadores, lo privado y lo público se mezclan incómodamente. Una llamada personal puede ser escuchada por todos. Una discusión se vuelve compartida. Hay quienes fingen no oír, quienes evitan mirar, pero todos están ahí, respirando el mismo aire y participando de una intimidad involuntaria. En ese breve trayecto, la frontera entre lo que se dice y lo que se piensa se vuelve difusa.

    El silencio del elevador es un acuerdo tácito. Un pacto social para no irrumpir en la privacidad ajena. Pero incluso en ese silencio, se escapan los gestos, suspiros o frases sueltas que revelan más de lo que se quisiera. Los elevadores son laboratorios del comportamiento humano: no lugares donde suceden cosas que no ocurren en otros lados. Se trata de un limbo social, un intermedio entre el afuera y el adentro en donde nada está bien definido.

    Quizás por eso resultan incómodos, revelan privacidad sin depender del espacio. Solo acuerdos frágiles, silencios compartidos, y la esperanza de que lo dicho y lo callado quede, efectivamente, entre paredes. Lo que pasa en un elevador, ahí queda. Los elevadores son una ficción compartida. Un juego de convenciones que a veces funciona y a veces no. Se cierran las puertas, se baja la voz, se evitan los roces. Confiables paredes de tránsito que protegen de lo que se es cuando nadie más está viendo.

    —¿A qué piso?
    —Al adentro, por favor.

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