Búsquedas de la memoria (III/III)
750
Alargar el camino de la muerte, diluirlo un poco, estará detrás de la necesidad de escribir, una manera de proyectarse en el tiempo. En la idea que comparto, uno de los esfuerzos se encuentra en la imaginación como intermediaria del impulso y la tarea. Escribir una memoria es diferente. Para escribir una memoria se indaga en la experiencia propia y se debe creer que algo en el pasado y su experiencia es digno de recuperarse y compartirse; desandar en la propia vida tal como la podemos recuperar puede ser un momento terapéutico, no por ello menos doloroso.
Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957), quien ha refinado su escritura en el ejercicio del periodismo, en especial en la crónica y los géneros de largo aliento, decidió comenzar a recuperar su memoria como ejercicio terapéutico —¿tanatológico?— cuando le diagnosticaron Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), enfermedad con la que sintió tener una etiqueta de caducidad. El ejercicio se publicó en 2024 con el título de la disculpa que interrumpe, aunque no se quiera o se pretenda no querer: Antes que nada (Random House).
Experimentado en recuperar historias, Martín Caparrós sabe que expandir la narración más allá de un solo protagonista la enriquece, y comparte historias de su familia, de los compañeros con los que coincidió y de sus parejas. La muerte cierra cada círculo de evocación. Entre esas historias está la del abuelo materno que huye de Rusia porque, encargado por el padre para recoger a una esposa que remplazaría a la anterior, quien falleció, dejó que se congelara la madrastra en la carreta y el frío invierno ruso. Absurda historia nos parecería en este siglo 21 tan moderno.
Caparrós fue miembro de organizaciones pro comunistas o pro izquierda en Argentina entre los 60 y 70, lo que quiere decir que estaba contra los golpes militares y las dictaduras que irrumpieron la vida pública de aquella sociedad, y también pudo ser su objetivo, igual que el padre en la España franquista de la que huyó con su familia. Por ello perdió amigos. Pérdidas que va relatando con dolor, cada tanto, irrumpiendo los días de felicidad, con culpa acaso por haber sido de los que escaparon del terror. Un mérito, en mi lectura, es que no añora los días de la lucha; nos faltó tiempo, dicen los nostálgicos, para cambiar el mundo. Más frío, más realista, nos descubre vicios y defectos en la organización redentora, llámese Montoneros o marcada con otro nombre.
No esconde al enemigo, al poder y las maneras de ejercerlo de quienes pueden ejercerlo: “Tantas veces intenté pensar, en todos estos años, cómo sería saber que alguien disfruta —disfruta— del poder sin barreras de hacer con vos lo que le dé la gana y que lo va a ejercer para causarte todo el mal, todo el dolor posible so pretexto de que sos un enemigo de algo, habitualmente de la patria, y, por lo tanto un enemigo de él, que la defiende: que justifica todo lo que hace porque la defiende. Tantas veces pensé en Hugo o en Marcelo o en Isabel o Pablo sufriendo ese terror tan absoluto; tantas veces pensé qué habría hecho en su lugar; tantas veces preferí no contestarme” (p. 217).
Ser enemigo de algo, dice Caparrós. Estar en una situación de indefensión, como rival y por lo tanto como fin último de una causa, abstracta y más bien difusa. ¿En qué pensará quien cubierto de la bandera y la gloria —ambas fantásticas— se lanza a destruir, anular, reducir a otro?
Parece verdad de Perogrullo señalar la movilidad de nuestro género; los americanos, con excepción de quienes buscan linajes arcaicos como los de Eneas, no podríamos sentir arraigos como los romanos. Los argentinos, los judíos argentinos, con frecuencia reconocen como propias historias europeas. En nuestros genes están frescos los recuerdos de la migración. Pero la migración como exiliado seguramente refuerza la idea de pertenencia a un territorio, a una nación, más cuando la causa de la salida se debe a la convicción de la persecución por estar cambiando lo que no debe ser cambiado. Esta otra idea persigue a Martín Caparrós en las páginas que relatan los años de juventud; después, adulto, las formas del exilio fueron otras.
Puesto contra las cuerdas, Martín Caparrós, ya mermado por la enfermedad que lo obliga a valerse de otras personas en la vida cotidiana y de una silla motorizada para moverse, ejerce una memoria estimulada por alguna fecha de prescripción que no se sabe cuándo llegará, pero que se sabe próxima.
