Consultar tu imagen o cómo detener el tiempo
Antes, para tener un retrato digno de colgarse en la sala había que vestirse bien, posar con solemnidad y confiar en un profesional. Los clientes acudían muy bien emperifollados para trasladar su imagen en una película preparada con una mezcla de gelatina y plata que reaccionaba ante la luz controlada para así poder detener el paso del tiempo en sus rostros.
Como entonces las películas solo revelaban blancos, grises y negros, los retratistas a veces añadían colores dibujando directamente sobre la impresión en las prendas, la piel y los fondos al gusto de los clientes. Al final, después del trabajo y tiempo requeridos, se entregaba un retrato enmarcado del tamaño de las posibilidades económicas de los solicitantes. Ahora sí, listo para colgarlo en la sala.
Una sola foto requería químicos, luz y tiempo. Todavía algunos de esos retratos siguen decorando viejos muros de salas en las que el tiempo al fin no logró detenerse.
Hoy en día no hace falta ser un gran retratista para traer una cámara siempre disponible en el bolsillo o más bien, casi cualquiera puede intentar serlo. La toma, edición y publicación de fotografías se puede hacer todo en el mismo aparato.
Incluso los muros se volvieron virtuales, transportables y disponibles para poder colgarles fotos y consultarlas sin necesidad de estar en anticuados lugares físicos. No vaya siendo que el tiempo pase sin sentirlo, lejos de la sala. La tecnología permitió que la producción de imágenes incrementara tanto que ya ni siquiera es necesario verlas por más de 24 horas.
Todos los días se toman montones de fotos, aunque nomás salga quien las toma, todas irrepetibles, únicas y al parecer, en búsqueda de lo mismo. Cuestión de echarle un ojo a las redes sociales para enterarse de lo que los retratados andan al menos pretendiendo hacer: qué comen, a dónde viajan, de quién se enamoran, qué escuchan, con quién conviven y qué es lo que quieren sentir. Los retratos dicen que ahí están y que existen, claro, siempre y cuando alguien más también los vea.
Los retratos son espejos modificables para que la realidad no luzca tan diferente a como se quiere que sea. Es la creación de una imagen virtual lo más parecida a la que se auto percibe. Qué tal que ése que aparece en la credencial de elector no coincide con el que se siente que es porque agarraron descuidado al retratado que ni su propio nombre eligió.
En las fotos hay control y prudencia, hay cuidado y detenimiento para encontrar la mejor pose, la que más beneficie al cuerpo, el lado bueno, el mejor ángulo y el preferible yo que sí vale la pena inmortalizar.
Que no salga tanto la panza, la papada o la pelona, que no se vean las ojeras, lo esquelético o en general el maldito paso del tiempo para poder recordarse como se debe: sonrientes, guapas, casi perfectos, disfrutando de la vida, felices y plenos para poder suspirar, de vez en cuando, al consultar los muros y notar que todo tiempo por pasado fue mejor. Qué dignos lucen los que no dejan a la realidad hacer de las suyas.
La memoria descansa en los sentidos y en la decisión de cuáles estímulos percibir. ¿Quién dijo que la cochina realidad tenía que ser retratada exactamente como es? Es más, qué necesidad de enterarse cómo es.
La fotografía vino para quedarse como testigo de lo que se irá y entonces pueda evocarse en un retrato bien enmarcado que nunca se colgó en pared física alguna y ahora sí, poder prenderle veladoras para suspirar por todos los buenos recuerdos congelados en la foto. Ésta eres tú antes de nacer, éste tú antes de envejecer, éste antes de partir.
Ahora sí se puede capturar todo: comidas, viajes, amores, planes y sonrisas, aunque sean de a mentiritas porque sirven como anclas en los mares del olvido y las ausencias. Preferible la mentira que la nada.
Para fabricar realidades bonitas ya no hacen falta retratistas profesionales, basta con el confiable aparato en el bolsillo, siempre disponible por si, otra vez, hiciera falta detener el tiempo.
