Búsquedas de la memoria (II/III)
La memoria está en otra parte, Veronica Raimo (Roma, 1978) ganó el premio Strega joven (uno de los más importantes en las letras italianas) en 2022 con una narración, una novela según las promociones editoriales, a la que yo me resisto a clasificar en dicho género por la flexibilidad que permite el no hacerlo para su lectura; prefiero entenderla como un relato autobiográfico.
Me inclino, entonces, por la interpretación que entienda al texto como un ejercicio de memoria similar a lo que los oradores romanos idearon para memorizar discursos (el llamado ‘arte de la memoria’, para el que la memoria se ‘guarda’ mejor en un edificio al que se puede visitar): para recuperar los recuerdos asiste a los lugares (del edificio mental) y comparte con el lector esas experiencias. Lo que se recupera no es un discurso que se recitará públicamente sino la propia identidad de la narradora.
Desde el título en el original italiano, Niente di vero, se advierte una trampa con el juego de palabras que, además de Nada es verdad (Libros del Asteroide, 2023), puede significar ‘nada de Vero’, en referencia a Veronica, la protagonista de la novela y homónima de la autora; es decir, es una invitación a la interpretación en clave imaginativa, pero también el anuncio de la ausencia o las ausencias de la narradora en los diferentes episodios recuperados, que ocurren porque su familia o su ser de mujer la llevaron a ellas. Aquí se encuentra una de las claves de mi comentario.
Al ir creciendo, Verika —como la madre llama a Veronica— toma conciencia de cada una de esas aniquilaciones. Destaco dos eventos que la orillan a descubrir la hipocresía como forma de lidiar con su realidad, sin olvidar que es otra forma de aniquilación, esta vez voluntaria y autoprovocada.
El primero es cuando decide, en la pubertad, romper el hábito que como niña la mantenía cercana a su abuelo, tan cercana que dormían juntos: “Noté que [a mi abuelo] le molestaban mis frases de circunstancias, mis excusas, mi iniciación a la hipocresía”. El abuelo falleció poco después. Llega con ello la culpa, no lo que es un sentimiento sino la que funciona como evocación.
El segundo ocurre con la muerte del padre. Lidiar con la muerte es un proceso, incluso un momento traumático; hacerlo con la de los padres implica recuentos y reflexiones de la relación y de lo que ésta implica en nuestra identidad; en el caso de Nada es verdad puede incluso que el germen se encuentre en la muerte del padre.
En la narración, a la muerte se le mira de reojo, pero la rodean lugares: el hospital y los espacios de descanso; Berlín, la ciudad en la que Verika evadió el trauma, en la que recordaba las manías del padre por levantar muros dentro de casa, en la que se metía en un “armario durante horas, en la asfixia de un espacio que me recordaba a mi infancia”.
La memoria del padre, siguiendo a nuestra protagonista, no se fomenta en la lápida, a la que se resiste a ir, sino en los espacios en los que fue el padre: casas, autos, y en ellos ocurren las historias que se van recuperando.
Un tercer evento, no en listado arriba por no significar propiamente un parteaguas sino que está siempre presente, es la madre, ante cuya proyección de recuerdos, añoranzas y aun deseos se refleja la Veronica posible y la imposible: la de los nietos no nacidos pero presentes en los regalos, las parejas terminadas que se siguen mencionando, las vidas irresolutas de vocaciones abandonadas, incluso los deseos de un cuerpo diferente, más afín a la maternidad y a la fisionomía familiar, imposible en su hija.
Se puede imaginar esta narración como una proyección de la narradora. Después de todo, Vero, Verika, no le da demasiada importancia a la distinción entre lo verdadero y la mentira; todo se trata de una reconstrucción que, en el caso de nosotros, lectores, nos guía, nos manipula y nos lleva hacia el estado o, al menos, el conocimiento que debemos tener. ¿Le compramos el recuerdo al charlatán?, nos cuestiona la narradora. O, puedo indagar, ¿quién puede tener una familia como la de Verika y sobrevivirla?
