Rafaelillo y Juan de Castilla dan una lección de torería ante los Escolar
PAMPLONA.- En esta sexta de San Fermín, Pamplona ha respirado autenticidad, de esa que se palpa en los silencios del tendido, en el nudo del estómago, en la mirada fija del aficionado que sabe que lo que está ocurriendo en la arena es otra cosa. Que no hay trampa ni cartón. Que ahí abajo, lo que hay es riesgo, verdad y torería. José Escolar trajo a la plaza toros con edad, con seriedad, con ese sentido que no se disfraza. No regalaron nada. Lo que se logró, se ganó con sangre fría, entrega y, sobre todo, mucho oficio.
Rafaelillo, la dignidad del toreo
Lo de Rafaelillo fue conmovedor. Porque su primero fue un examen de técnica y paciencia, y el murciano lo aprobó a base de colocación, aguante y ese temple que sólo se tiene cuando se sabe muy bien qué se tiene delante. No hubo concesiones, no hubo adornos gratuitos. Hubo valor, decisión y una muleta que dijo más que muchos discursos. Pero fue su segundo, ese cuarto que lo prendió con dureza, el que lo retrató como torero. Volvió a la cara del toro como si nada. Aún dolorido, aún sabiendo que no iba a poder más, dejó claro que el respeto en esta profesión no se exige: se gana. Y él se lo ganó.
Juan de Castilla, un torero que pide paso
El colombiano demostró que tiene hambre y que, además, sabe cómo canalizarla. Supo ver la oportunidad en el tercero, el toro más manejable de un encierro muy cuesta arriba. Lo entendió pronto, se acopló, lo condujo con limpieza, y se sintió. Su faena tuvo ritmo, tuvo expresión y sobre todo tuvo personalidad. La oreja fue justa. Pero más allá del trofeo, fue la sensación de torero cuajado, de espada que quiere crecer desde abajo, sin atajos, la que dejó huella. Con el sexto no tuvo opción. Pero su actitud no decayó un segundo. Peleó hasta el último muletazo y dejó claro que, incluso cuando no se puede, el toreo es voluntad.
Fernando Robleño, oficio de veterano
Robleño es un torero que no se deja engañar. Sabe lo que torea y cómo torearlo. A ambos ejemplares les robó muletazos donde parecía que no los había. No hubo redondez, pero sí hubo mucho fondo. Si la espada hubiera viajado con la misma precisión que su muleta, estaríamos hablando de otro resultado. Pero incluso sin trofeo, su tarde fue de las que suma. En esta plaza, frente a este tipo de toros, eso también se valora.
Pamplona vivió una corrida de toros. Así, con todas sus letras. Aquí no hubo facilidades ni espectáculo empaquetado. Hubo toreros que saben qué es el compromiso, que se vacían por completo en el ruedo y que entienden que, cuando el toro no ayuda, la dignidad se convierte en el mayor triunfo.
Rafaelillo y Juan de Castilla cortaron una oreja cada uno, sí. Pero lo que se llevaron fue mucho más profundo: el respeto de una plaza que sabe que hay tardes en las que el valor, el oficio y la verdad pesan más que cualquier trofeo. Y eso, en estos tiempos, no es poca cosa.
Ficha del festejo – Pamplona, España
Plaza de Toros de Pamplona
Octavo festejo de la Feria del Toro
Lleno de “no hay billetes” en tarde agradable
Toros de José Escolar, complicados en términos generales. Destacó por su transmisión el tercero.
• Rafael Rubio “Rafaelillo: silencio y oreja.
• Fernando Robleño: ovación y silencio tras aviso.
• Juan de Castilla: oreja tras aviso y silencio tras aviso.

