Riesgos infantiles o la estorbosa inocencia
Es entendible que un mundo que es creado, justificado y organizado por adultos sea eso que llaman adultocentrista. Probablemente no haya de otra porque los niños, afortunadamente, todavía no se preocupan por justificar, organizar y crear un mundo lo suficientemente adulto, también por fortuna, ellos tienen uno propio.
A los pequeños hay que enseñarles que la vida no es tan bonita como parece, eso es madurar. Hay que aprender que hay peligros en todos lados y que absolutamente todo es potencial hiriente.
Los niños son ingenuos y todo lo ven con ojos inocentes porque no saben, todo se les hace fácil, afortunadamente los adultos ya pasaron por un sinnúmero de experiencias que les arrancaron a punta de dificultad esa inocencia. ¿Qué es un adulto sino un niño herido aleccionado y más viejo? Madurar también es olvidar ese otro mundo en el que todo era posible sin importar los riesgos.
Cuando alguien hace algo poco consciente de las consecuencias se le tilda de infantil, como insultado por no haber madurado lo necesario para andar entre otros que sí maduraron lo suficiente.
Sin embargo, parece que todos y cada uno de los adultos conservan cierta predilección por ejecutar de vez en cuando actividades del orden pueril. Para habitar un mundo adultocentrista no hace falta dejar de ser permanentemente niños, sino más bien, fingirse permanentemente adultos. A los niños les gustan los dulces, los cuentos y jugar mucho, a los adultos también, pero ahora lo hacen, por supuesto, con mayor y madura discreción.
Los adultos juegan con reglas bien definidas por ellos mismos para creérsela mejor. Se puede jugar a que se es importante y disfrazarse de abogado, médico o bombero y se debe castigar a los que no respetan las reglas del juego. El respeto a la infantilidad ajena es la paz.
Algo anda mal cuando hay tanto chaparrito vendiendo mazapanes en los bares a altas horas de la noche, cuando en todo caso, deberían de estar durmiendo o cenándose un corn flakes para ya irse a descansar.
Al parecer, nunca se es suficientemente infantil para ponerse a trabajar. En ese sentido, madurar también sería comenzar a preocuparse porque las cosas están muy caras y a veces no se completan.
El valor del dinero, aunque simbólico, es de esas cosas por las que los adultos hacen como que renuncian permanentemente a su versión infantil. Dicen ellos mismos que nunca es demasiado pronto para ponerse a emprender y enterarse de lo que cuesta ganarse unos centavos, aunque claro, los padres de los niños que trabajan se enteraron de eso mismo primero.
Un adulto maduro es alguien que ya aprendió a trabajar tanto como sea necesario para poder darse gustos infantiles de vez en cuando.
Los mismos adultos que se inventaron un mundo a su entera satisfacción dicen que hay que politizar “las infancias”, no a los niños, porque ese término es demasiado poco adulto e incluyente como ellos ya aprendieron que se debe de ser.
Dicen que hay que involucrar a las criaturas en los asuntos políticos de su comunidad para que vayan enterándose del maravilloso mundo que les espera, qué mejor si pueden ir adquiriendo ideologías políticas tempranas muy parecidas a las de sus papás.
Que vayan los chiquitos preparándose para disfrazarse permanentemente de adultos y tengan suficientes monedas en el bolsillo para poder, al menos, comprarse un dulce de vez en cuando, quizás un mazapán.
En el encuentro de miradas entre niños y adultos la más nostálgica siempre sale de los ojos más viejos, como recordando lo bonito que era poder ser lo suficientemente infantil de tiempo completo, no como ahora, que nada más de vez en cuando pueden permitirse jugar, consultar cuentos o comer dulces a discreción para no ser mal calificados en el mundo.
Ese mismo mundo creado, justificado y organizado por adultos que ya aprendieron que hay peligros en todos lados y sin tener que seguir soportando la estorbosa inocencia. Niños envejecidos permanentemente disfrazados de adultos bien politizados, con ideologías parecidas a las de sus papás y dinero en los bolsillos, abogados, médicos, bomberos o de perdido padres de niños que venden mazapanes. Más importantes, más aleccionados y más viejos, pero ya sin tantos peligrosos riesgos infantiles.
