Se acercaron tres alumnos hace unos días. A razón de una materia que imparto en una universidad privada sobre temas de ciudadanía y globalización, me abordaron para preguntarme sobre la situación actual del país.
Fueron dos extranjeros y una mexicana. Desde hace muchos años procuro convertir esos acercamientos en oportunidades propias para aprender más que para enseñar. De esas experiencias he obtenido hallazgos fascinantes. Muchos jóvenes “se dejan” entrevistar; otros detectan el intento y me devuelven el puesto de “entrevistado”.
–¿Qué opina de la polarización que se está dando ahora en el país? —preguntó uno de ellos, de un país europeo.
—¿Qué has escuchado o visto? —respondí.
—Veo que no hay punto medio. Los que tienen una opinión, no le conceden nada a la contraparte. ¿por qué tiene que ser así?
—Pero, ¿tú qué opinas de eso?
—Creo que en México se espantan mucho con la democracia. Hace meses, cuando escogía qué país visitar para esta experiencia, me informé un poco sobre ustedes. La oposición no quiere nada, pero al presidente tampoco se le ve intención de acercarse a ellos. Se entiende porque él los necesita menos.
—¿Tienes registro o memoria de la última vez que en tu país se dieron cambios tan sustanciales y profundos?
—No sé si tan profundos, pero hubo necesidad de reformar aspectos básicos de la vida de la gente como los servicios médicos y los educativos, pero en mi país es muy inusual que una fuerza política reciba tanta votación como para irse sin consensos y acuerdos. Al menos allí, y sé que en el resto de Europa también, es imposible gobernar sin consensuar.
—Entonces en tu país el sistema de partidos es muy estable y a juicio de la gente no ha necesitado cambiar. Imagínate que un día, en un proceso electoral, la gente decide barrer con todos los partidos que viste predominando e instala a otros nuevos o al menos a uno, para ser dominante…
—No me lo imagino, sería una revolución política.
—Bueno. Pues eso es lo que viene pasando en México desde el año 2018. El sistema de partidos que prevaleció durante varias décadas, fue barrido y en el proceso, se instaló un partido que apenas fue fundado en 2011 y obtuvo su registro oficial ante la autoridad electoral en 2014.
—¿Pero entonces de dónde viene tanta polarización?
—¿Cómo funciona el debate político en tu país?
—En funcionamiento creo que es similar a lo que pasa aquí. Los medios tradicionales tienen participación en la discusión pública, pero las redes sociales distribuyen el control de la conversación entre políticos y otras personas como movimientos, activismo, etc…
—Aquí la mayoría de los medios tradicionales están muy vinculados a los partidos que perdieron el control del sistema.
—Pero AMLO controla gran parte de la conversación. Y él también polariza.
—Sí, pero él polariza en función de esa transmisión de poder. No hay un sistema de partidos después de 2018, se está construyendo todavía. Esto que ves no es definitivo. Todavía va a cambiar.
—¿Usted cómo cree que quedará?
—La verdad no lo sé.
—Pero algo se imagina…
—Para un sistema de partidos necesitas balance de fuerzas. La oposición no pudo pelear electoralmente.
—Pero entiendo que ellos no supieron cómo pelear. Según los analistas que leía en mi país y en Europa, la oposición en México cometió demasiados errores, no supieron articularse para aspirar a ganar. Eso, y la altísima popularidad del presidente, los dejó muy mal.
—Lo cual no puede ser bueno a la larga para la democracia. Una democracia fuerte requiere una oposición que pueda dar pelea, ¿estás de acuerdo?
—Sí, pero eso no es culpa del que gana. Lo que sí leí es que López Obrador no fue autoritario como lo describen.
—¿Quién lo describe así?
—Muchos medios.
—¿Vas entendiendo cómo se responde tu pregunta inicial, sobre “por qué está tan polarizado”…?
No se conformó con esa respuesta, pero continuaremos a la próxima.
