Boca de tormenta
Algo muy místico tiene la lluvia que a su llegada los cuerpos reaccionan casi religiosamente. A veces, sobre todo después de escasear, provoca salir a asomarse nomás para contemplar cómo se estampan las múltiples gotitas kamikazes contra el suelo.
No falta uno que otro cuerpo que además de observar, sienta la intempestiva necesidad de posicionarse por completo bajo un torrente para dedicarse a evaporar gotas con el calor propio. Por fortuna, la moral y las buenas costumbres indican no remojarse en público, tanto, ni tan seguido. Que civilizados se ven los cuerpos con sus paraguas caminando en las banquetas yendo a importantes reuniones con otros civilizados.
La civilización inventó que concibió algo, aunque casi todo resulta ser representación de otro algo que ya estaba desdenantes pero ahora sí ya regulado, legalizado, gobernado y, por supuesto, civilizado.
Qué son las regaderas sino simulacros de una lluvia personal, tormentitas disponibles al alcance de los cuerpos, para que además, no huelan tanto a cuerpos y huelan mejor a Heno de pravia, Zest o Rosa Venus, ya bien llovidos entre cuatro paredes tapizadas de azulejos tan finos como algunos paraguas.
Atormentarse es algo así como ahogarse en un vaso de agua siempre medio vacío, claro que la metáfora se presta porque hablar en metáforas también es harto civilizado y de la lluvia se puede hablar mejor cuanto más cerca, aunque en realidad, siempre está cerca.
Los que dicen que nunca es el mismo río tal vez tengan razón, lo que más bien siempre es lo mismo es el agua, un recurso natural renovable siempre y cuando se tenga el control del río antes que las empresas socialmente responsables porque entonces, de ese modo, por más presas, lagunas o ríos, nomás no alcanza para todos los cuerpos.
Así que el agua que va adentro del cuerpo alguna vez fue lluvia, alguna vez fluyó y luego quizás estuvo contenida en una presa, tal vez luego en una botella de Bonafont o en una michelada con gomitas que no hace lucir tan civilizado.
El cuerpo contiene 75 por ciento de lo que ha estado en otros cuerpos desde el principio del tiempo. Tal vez dios, si de verdad existiera y si fuera omnipresente, estaría hecho de agua, tal vez también el alma, pero eso ya se escucha demasiado hippie como para andarlo asegurando un domingo cualquiera.
El ser humano dominó tan bien los elementos que hasta reprogramó el clima. El problema es que cualquier cuerpo de ser humano todavía es insuficientemente longevo como para tener un panorama histórico suficientemente extenso sobre los cambios del clima en el mundo que anda habitando, a menos por supuesto, que de un meteorólogo o de un semidios se tratase.
Si mañana no llueve se puede lavar y sacar a tender la ropa al Sol; si sigue lloviendo se llega más tarde a todos lados porque el tráfico aumenta junto con los accidentes y las carreteras se inundan, los puentes colapsan y los baches salen a recordar que seguían ahí pero maquillados.
Si sigue lloviendo se tapan las coladeras por culpa de los socialmente irresponsables consumidores de Bonafont y las bocas de tormenta no pueden contenerse, lo que debería de ir para adentro se va para afuera, se congestionan las tuberías y hasta las ratas se vuelven nadadoras profesionales sin asistir a cursos matutinos.
El incontrolable ejercicio de una dinámica fluvial que hace parecer que dios todavía sigue enojado. Los truenos hacen las veces de rugidos celestiales reclamando lo que iluminan con rayos. Dónde están los perdedizos paraguas cuando más se necesitan.
Que bonito es ver llover. Disfrutar de la lluvia con un buen libro, un buen vino y un buen número de gente que se la crea. Quién pudiera permitirse contemplar la lluvia como si otras cosas no sucedieran al mismo tiempo, como si nunca fuera la misma, como si eso que está afuera no hubiera estado ya alguna vez adentro y viceversa.
La lluvia fue cachos de mar, lágrimas y orines de perro callejero, fue gotitas de sudor y babas, una copa de mal vino, agua embotellada y también vapor corporal.
La lluvia se resguarda en el interior de los civilizados cuerpos y en el gran cuerpo terrestre esperando pronto de nuevo desatar las tempestades mediante partes de un dios contra el asfalto. Ocurrencias suficientemente místicas para que los civilizados cuerpos reaccionen y salgan a contemplarse en otras partes, reconociendo el afuera que fue dentro, inundándose otra vez, en sus bocas de tormenta.
