No fue Claudia Sheinbaum ni Xóchitl Galvez, tampoco Morena o sus aliados, ni el bodrio ideológico llamado PRIANRD; no fueron los medios minoritarios con presencia mayoritaria ni los comentócratas; tampoco el presidente Andrés Manuel López Obrador a quien, pese a sus vocales detractores, le salió todo, ni siquiera por eso.
No fue el Poder Judicial (Suprema Corte incluida) ni el Congreso ni los organismos “autónomos” ni el INE. El protagonista del 2 de junio fue el pueblo de México.
Como la palabra “pueblo” cayó en desuso durante el auge de la narrativa neoliberal se vuelve necesario recuperarla con sus implicaciones.
Y sí: decir “pueblo” sobre todo en la última etapa del nacionalismo revolucionario sonaba a una solemnidad demagoga y chocante, y desproveía al término de sus significados básicos. La palabra recobró sentido desde 2018. Por eso es crucial reivindicarla.
Pues bien, eso que algunos llaman “electorado” con engolamiento elegante y academicista, por rehusarse a llamarlo “pueblo”, se manifestó (para quien lo quiera escuchar).
A estas alturas no entender su significado es obstinarse en no comprender una de las principales lecciones que el mismo pueblo le recetó a todo el sistema político.
Ante los términos neoliberales como “electorado”, “sociedad”, “sectores sociales” y “población”, se contrapuso la narrativa del “pueblo”; sí, muy lopezobradorista desde que el tabasqueño era oposición, pero yerra quien la menosprecie como parte de las explicaciones que les son necesarias, principalmente a quienes naufragaron.
La palabra “pueblo” reivindica lo popular, más relacionado a sectores de clase media baja. Tiende a la calidez en su acepción (por eso algunos desconfían de ella, no sin cierta razón), evoca a los habitantes de las aldeas rurales y ejidos desde las etapas de la posrevolución y sí: evoca a los habitantes pobres.
Y como “ser pueblo” es “ser pobre”, la narrativa neoliberal por un lado y académica por otro, invitó a la población a saberse en vías de dejar de serlo; planteaba un México que robustecía a su clase media y alta, y fue eficaz, por su intensidad y omnipresencia en que la gente comenzara a creérselo.
En gran medida por eso la clase media se entendió a sí misma como más alejada de “ser pueblo” porque significaba “ser pobre” y prefería saberse en vías de “ser rica”. Y eso no solo sucedió en México, sino en toda Latinoamérica.
De la disforia de clase que eso provocó —sobre todo en la clase media— hemos platicado anteriormente. Pero hoy es importante entender que ‘el pueblo’ se entiende como tal: un sector mayoritario de la población que se sabe “clase trabajadora”, y que fue convencido por el proyecto aceptado en 2018 y ratificado hace 11 días.
Ya no solo como un México rural descalzo y harapiento, más parecido a las fotografías blanco y negro de la primera mitad del siglo XX, sino además uno que se mueve en camión, come tacos callejeros, gana el mínimo o un poco más y, entre otras cosas, batalla para llegar a fin de mes. Ése es el pueblo que asumió su propia autoridad y la ejerció con fuerza, pacífica, pero firmemente, en la pasada elección.
Uno de los despertares con implicaciones a mediano y largo plazo es el de una politización que puede llegar a ser más profunda y relacionada con la conciencia de clases donde el pueblo se ubica en su clase y toma decisiones que le convienen.
“El pueblo se rebela”, decían alarmadas las oligarquías ante la revolución francesa cuando el poder y la autoridad se trasladaba de la monarquía a la democracia después de siglos de luchas. Hoy el pueblo asume su autoridad y han sido las oligarquías quienes se han rebelado al menos por los últimos seis años.
Entendiendo la democracia como la forma de gobierno donde se hace la voluntad de la mayoría, es tiempo de que cada quien asuma su lugar. Y ese mensaje va dirigido principalmente a quienes les cause urticaria ser considerados “pueblo”.
