Existe el memorial al soldado desconocido; también existió, hace siglos, el altar al dios no conocido. Lo desconocido ha intrigado de manera tal a lo largo de la historia a diversas culturas, que inclusive distraen tiempo y recursos para recordarlo.
En el caso del soldado cuyo cuerpo fue dejado inidentificable, pero no por ello indigno de honor, depositado en una tumba para recordarle, por siempre, a cuyo nombre se pudiese ignorar, pero no su proeza. Hoy la tecnología permite que no exista tal cosa como un soldado no identificado. La mayoría de los ejércitos del mundo prevén la eventualidad y tienen registrada la identidad genética de todos sus reclutas. Así, en caso de quedar desfigurado su cuerpo, su identidad podrá determinarse.
Distinta cosa fue el altar al dios no conocido. El areópago era un espacio para que la sociedad ateniense deparara, sea por avidez de nuevas ideas o por la superstición de la época, de no dejar atrás a cualquier dios cuya alegoría y mitología valieran la pena, pero fuera hasta ese momento desconocido. Allí, según la tradición cristiana, Pablo de Tarso, intrigó a la audiencia, “de ese dios no conocido quien ustedes adoran sin conocer, vengo a hablarles”.
En el panorama electoral opositor, existe ese aspirante desconocido. Es esa o ese que ostenta 40 por ciento en las encuestas para determinar el candidato más rentable posible. No ganaría ante el 48 a 56 por ciento del suspirante morenista.
Cierto, falta la campaña, pero si el electorado mexicano votará por alguien el 2 de junio próximo, sería conveniente que ya supiera las opciones. De ellas, a la figura opositora que dará cara al candidato del partido en el gobierno y ofrezca mínimos de esperanza al electorado antilopezobradorista (primero) para de allí comenzar a construir una opción viable.
Ante la pregunta, “¿quién considera usted que debe ser el candidato de la oposición para enfrentar a Morena en la elección presidencial de 2024?”, alrededor del 40 por ciento contesta, “ninguno”. En el Perogrullo norteamericano dicen, por lo general los perdedores en la elección presidencial cuando es por amplio margen, “el pueblo ha hablado, y lo ha hecho claramente”.
En un escenario donde Xóchitl Gálvez y Santiago Creel comparten el podio de alrededor del 13 por ciento, “ninguno” cabalga sólido.
¿Quién será “ninguno”? ¿Qué necesitará la oposición para identificar entre un mar de políticos o mejor aún, ciudadanos apartidistas, a “ninguno”?
A estas alturas la rentabilidad electoral la darán si acaso las circunstancias. Los demócratas piensan (pensamos) que las campañas pueden cambiar el panorama porque de ellas dimana la lucha, la discusión, el debate, las guerras de fango, los errores y los imponderables. En ese escenario, hay otra verdad de Perogrullo: faltan las campañas aunque solo una catástrofe que combine errores propios de quien resulte aspirante de Morena y aliados con circunstancias propias de la política, inclusive “ninguno”, la tiene difícil (cuando no imposible).
“Ninguno” guarda celosamente su nombre como el príncipe Calaf en “Turandot” y, como él, tal parece que hace de su incógnita, la fuente de su propio encanto.
La obsesión acecha a los líderes opositores urgidos de arrebatarle el poder “por las buenas, por las malas o por las que sean” (lo dijera el clásico en una variante del “haiga sido como haiga sido”).
¿Qué atributos electorales, origen racial y social, ideología tendrá “ninguno”? ¿Se asomará antes del cierre constitucional de las candidaturas?
Algunos creemos que en la lógica de los ciclos, “ninguno” madurará para convertirse en una realidad más tangible, si acaso cuando inicie el sexenio 2024-2030. Tal vez “Ninguno” es una opción distinta que hace sus pininos como trabajador comunitario, regidor municipal, profesor de nivel básico y no se asomará sino hasta dentro de dos o tres años.
El “candidato no conocido”, probablemente se resistirá a ser descubierto para el areópago opositor. Tanto “dioses” como “héroes” no se construyen en unos cuantos meses de pedacería que nunca los mostró.
