La democracia sigue sorprendiendo. Lo que los académicos llaman “capacidad de autocorrección” es precisamente una de sus virtudes intrínsecas.
Cierto: muchas democracias han caminado por sí solas hacia el despeñadero del autoritarismo. El ejemplo más conocido es la Alemania nazificada por medios democráticos. Temíamos que algo semejante sucediera este año en Brasil y Estados Unidos.
Sin embargo, cuando las casillas cierran y se cuentan los votos, la sociedad irrumpe para recordarnos que también tiene voz y voluntad propias. A veces, las encuestas de salida y los pronósticos nos permiten anticipar tendencias; otras, sencillamente nos enfrentan con una realidad que no habíamos querido o sabido ver.
En Brasil ocurrió hace casi dos semanas. En Estados Unidos, apenas el martes. La derrota republicana es histórica, pero su significado no se agota en el resultado electoral ni en la humillación personal de Donald Trump. Cuando los sistemas políticos se cimbran, se levanta una polvareda que exige tiempo para asentarse y permitir análisis más reposados.
Aun con esa reserva, hoy tenemos elementos para desafiar escenarios que a algunos nos habían llevado a la desesperanza.
El pensamiento evangélico no es monolítico. La irrupción de figuras como James Talarico, senador electo demócrata por Texas, permite cuestionar la idea de un pensamiento evangélico necesariamente alineado con el conservadurismo republicano. Su trayectoria y discurso muestran que la tradición evangélica puede alimentar perspectivas políticas distintas de las que hoy dominan su representación pública.
Existe una corriente predominante que apuntala las guerras culturales en torno a temas polarizantes como el aborto, los matrimonios igualitarios y el sionismo. Sin embargo, no todos los protestantes blancos anglosajones (WASP, por sus siglas en inglés) piensan de la misma manera, ni en las bases electorales ni entre sus exponentes políticos. La fe no determina una única identidad política, aunque durante años hayamos observado esa asociación como si fuera inevitable.
La invencibilidad de MAGA también era un mito. Si bien permanecen elementos que sugieren que el movimiento trumpista podría sobrevivir a Trump, la elección demuestra que no es la aplanadora imbatible que lo llevó dos veces a la presidencia.
La economía sigue siendo la madre de todas las kriptonitas políticas. Desde hacía meses anticipaba un posible voto de castigo. El resultado del martes permite una lectura más amplia. El electorado estadounidense conserva capacidad de resistencia frente a proyectos políticos que parecían avanzar sin obstáculos.
No olvidemos que, mientras el conservadurismo de Trump lo premia ante sus bases, su ineficacia económica lo castiga. Es la tensión entre las convicciones culturales y religiosas, por un lado, y las condiciones materiales de la vida, por otro. Max Weber exploró esa relación en La ética protestante y el espíritu del capitalismo.
La ruta democrática hacia el fascismo no es un tren sin frenos. El trayecto no es inexorable. Quizá la conclusión más relevante sea que el deslizamiento de Estados Unidos hacia el autoritarismo no constituye un proceso irreversible.
La elección no resuelve las tensiones institucionales ni elimina los riesgos. Trump conserva poder, MAGA mantiene una base considerable y las condiciones que alimentaron su ascenso no han desaparecido. Pero el resultado demuestra que existen contrapesos políticos y sociales capaces de modificar el rumbo.
En una época de desesperanza en que los estudiantes protestan en Francia, Estados Unidos se involucra en un conflicto bélico en el que pesan ambiciones geopolíticas y Brasil parecía sucumbir a la manipulación algorítmica, la democracia irrumpe con firmeza para jalar el freno y devolvernos una razón para conjurar la distopía.
Quienes la consideramos un sistema imperfecto, un costal de defectos, pero también el más acabado de los que hemos construido, encontramos en estos acontecimientos una reivindicación de su sentido más profundo: dignificar al ciudadano y reconocerle la capacidad colectiva de tomar decisiones sensatas y libres.
La democracia no nos garantiza el acierto. Nos garantiza, en el mejor de los casos, que el poder no tenga la última palabra sobre el destino de una sociedad.
