Nada más falta un panteón, acta, alguna enfermedad del catálogo y ese cansancio acumulado para querer eternizar el descanso. Todos ponen, el tic tac hace lo suyo, el sistema se encarga del resto
Perecer, estirar la pata o pasar a mejor vida son algunos de los eufemismos que se utilizan para nombrar una etapa inevitable de cualquier ente biológico. Hasta ahora, todo lo que nace muere, aunque llegar a esa última instancia en México no consiste simplemente en detener un ciclo vital, sino en iniciar un trámite burocrático que suele desembocar en una verbena popular enmarcada como acto de fe. Morir es la oportunidad de girar por última vez la pirinola para que en todas las caras diga que todos toman, empezando, por supuesto, por los familiares más ventajosos y los recaudadores.
El acta de nacimiento tiene varias semejanzas con la de defunción. Ambas sirven para llevar un control de quienes suben y bajan del tren de la vida, por ambas se pagan impuestos y, por lo regular, ninguna es solicitada por los interesados. Para partir adecuadamente de este mundo existe una serie de requisitos indispensables, algunos previsibles por el tramitante y otros delegados a quienes se quedan, encargados de mantener viva la burocracia. Ya no basta con expirar con dignidad, también hace falta un buen plan financiero que respalde una partida que suele salir bien cariñosa.
La muerte, además de ser santa y de irle ganando a muchos de su mismo catálogo, tiene la mala costumbre de tocar a la puerta sin avisar. Ir al gimnasio, tomar agüita, evitar azúcares, carbohidratos y sustancias enviciantes puede ayudar a retrasar la visita, pero tampoco garantiza que la flaca llegue programando su arribo. Morirse sin previo aviso es considerado de pésimo gusto, sobre todo por quienes se quedan intentando conservar la compostura. Como la pirinola, el mundo sigue girando, aunque se detenga tantito para quienes giraban su vida alrededor del que chupó faros.
Eso sí, las exigencias del manual son inapelables: certificado, acta, orden de inhumación, nicho o lote, testamento, confesión previa, santos óleos, misa de cuerpo presente y, en el mejor de los casos, algún mariachi desafinado que interprete golondrinas mientras los deudos tristean dejando las flores. El mexicano promedio está dispuesto a contemplar la muerte de sus seres queridos como una prueba de resistencia, aunque pocas veces repara en la dicha que implica ser quien baja en la última parada del tren. La muerte es muy democrática para repartir turnos, pero bastante menos considerada con los que la logran burlar.
Entre mandarinas, camotes, papel picado y sincretismo cultural, el asunto también resulta un negocio bastante redituable. Si de repente la gente dejara de morirse, habría quienes dejarían de vivir a gusto. Al vecino país norteño se le debe buena parte de la cultura local del disfraz y los espantos. Dicen que Walt Disney permanece congelado con la esperanza de vencer algún día los embates del deceso, mientras tanto, Halloween pone brujas, vampiros y la oportunidad de disfrazarse incluso de mexicanos. La relación con el más allá es literaria, costumbrista y, sobre todo, turisteable. Al más acá, esa tradición le atrae dólares y permite que los vivos hagan negocio a costa de los difuntos.
Ya entrados, puede resultar insuficiente decir que el requisito indispensable para morir es haber nacido, porque hasta en eso, seguro alguien encontraría motivos para discrepar. Por fortuna, las nuevas generaciones quizá ya no tendrán que lidiar con esas malas costumbres de dejar herencias intestadas, pensiones doradas sin beneficiarios o dinero guardado en el colchón. Las almas de quienes no dejaron bienes ni asuntos pendientes poco tendrían que venir a reclamar. Así como va la cosa, las almas en pena terminarán por extinguirse y entonces no quedará más que adoptar a Frankenstein, al hombre lobo y a Chucky como parte de la incuestionable tradición nacional.
Todo parece estar dispuesto para morir adecuadamente. Nada más falta un panteón, acta, alguna enfermedad del catálogo y ese cansancio acumulado para querer eternizar el descanso. Todos ponen, el tic tac hace lo suyo, el sistema se encarga del resto. Ya sea por gordos, diabéticos, accidentados o por las malditas células malas, motivos sobran para perecer, estirar la pata o pasar a la mejor vida que ofertan los fans del que una vez revivió. Hay casi tantos motivos como los que existen para vivir inadecuadamente. Por fortuna hay gimnasios, vitaminas, religiones y la inmortal burocracia dispuesta a armonizarlo todo. Conviene organizarse, olvidar el pasado, sobrevivir al presente y concentrarse en un futuro en el que, al menos, si todo sale bien, será posible morir adecuadamente.
COLUMNA: EL SUEÑO DE LA RAZÓN
AUTOR: Israel Álvarez
CABEZA: Cómo morirse adecuadamente
