Trump en la ONU: réquiem al orden internacional basado en reglas
En su más reciente intervención ante la Asamblea General de la ONU, Donald Trump declaró, sin decirlo, el fin del orden internacional basado en reglas. Con un lenguaje burdo y abiertamente belicista, transparentó el plan de los Estados Unidos, esbozado en su estrategia de seguridad nacional, para recuperar su marchita hegemonía. Esto, mientras el sistema internacional arde y la humanidad resiste, en un mundo que ya no es el mismo al que emergió de la Segunda Guerra Mundial.
El pasado 22 de septiembre, en el marco de la jornada inaugural del 81º periodo de sesiones de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, comunicó en un lenguaje bastante sencillo y claro para el mundo que lo escuchaba, en qué se están traduciendo, durante su mandato, los objetivos de sus Estrategias de Seguridad Nacional y Defensa Nacional.
El primero de estos documentos, elaborado por la Casa Blanca, define el diagnóstico del presidente sobre el panorama geopolítico e identifica cuáles son las prioridades del país en el mundo, así como el uso de su poder diplomático, económico y militar.
El segundo, a cargo del Departamento de Defensa, convierte los lineamientos generales trazados en la estrategia de seguridad, en pautas concretas para las Fuerzas Armadas, la presencia militar y el presupuesto necesario para la defensa.
En estos instrumentos se ha trazado el plan actualizado de Estados Unidos para darle un nuevo aliento a su marchita hegemonía. Para ello, ha echado mano de la Doctrina Monroe para designar al hemisferio occidental como primera prioridad (en particular América Latina y el Caribe), pronunciándose por disminuir la influencia de China, Rusia e Irán en la región, designar al narcotráfico y el crimen organizado como terrorismo, otorgar prioridad al nearshoring y frenar los flujos migratorios.
Para la región Indo-Pacífico los objetivos son frenar la competencia china, proteger las cadenas de suministro más relevantes y avanzar en el control de los semiconductores. Mientras a Europa y sus socios en Medio Oriente se les exige una mayor autosuficiencia en defensa, propone una salida diplomática a la guerra en Ucrania, y una “disuasión focalizada” sobre Irán.
De esta forma, en su discurso ante los representantes del mundo, el presidente de Estados Unidos clarificó su política de seguridad nacional y la tradujo en objetivos concretos. Definió a México como “el epicentro de las drogas” y amagó con intervenir en cualquier país de América Latina que rete sus intereses: Venezuela como escarmiento; siete países con gobiernos de derecha producto de su injerencismo electoral, como ejemplos; Cuba, Brasil y México como futuros blancos.
A Irán, con cuyo gobierno negociaba un cese al fuego en la guerra de agresión que le impuso, lo amagó con una solución nuclear. De Europa dijo que “está yendo al infierno” por fomentar el multiculturalismo, tolerar la migración masiva e impulsar la energía verde.
A la Organización del Atlántico Norte le reclamó su tibieza en la guerra de Ucrania, e incluso cuestionó el papel de la propia ONU, al reivindicar la soberanía y el poder unilateral de la principal potencia del mundo ante cualquier agenda global, particularmente cualquiera que tenga como objetivo controlar la Inteligencia Artificial, cuyo control es objetivo prioritario en la lucha por la hegemonía mundial.
No es un dato menor, entonces, que en la sede de la principal organización internacional encargada -al menos formalmente- de mantener la paz, proteger los derechos humanos y resolver los principales problemas en el mundo, se haya escuchado un pronunciamiento tan abiertamente hostil al multilateralismo, el derecho internacional y las normas más básicas de la diplomacia internacional.
Con ello ha caído el velo de la ideología del orden internacional basado en reglas, que moldeó la institucionalidad del sistema internacional desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, en torno a los intereses del imperialismo estadounidense, y que fue sistemáticamente utilizada para justificar su ilimitada paleta de estrategias intervencionistas a nivel global de tipo militar, económico, político y cultural.
Pero es solo el velo el que ha caído, revelándose la misma potencia que reclama su primacía sobre el mundo, hoy como ayer, pero en condiciones muy distintas a las que enfrentó al término de la conflagración bélica.
El lenguaje burdo y abiertamente belicista utilizado por Trump en su intervención, refleja el sentido de emergencia de un gigante global amenazado en el contexto de la crisis estructural del capitalismo, que anuncia el fin de la globalización neoliberal y el comienzo de un espacio de indeterminación en el tiempo histórico, que, por su propia naturaleza, será convulso.
Pero también estamos presenciando las piedras en el zapato que este inusitado despliegue de fuerza del imperialismo estadounidense está enfrentando, al tratar de domar un sistema mundial que ya no es el mismo, y no lo volverá a ser. Los pueblos resisten, los aliados dudan, los enemigos se fortalecen y el despliegue de poder cobra factura internamente. ¿Algún tipo de orden surgirá de todo esto?
