Las redes inalámbricas se sostienen de otras que esconden los cables que cruzan los mares para poder funcionar. La desconexión es una de las mentiras más agradables que trajo el futuro
A veces basta con asomarse por la ventana para entender dónde se está parado. Incluso a mitad del semidesierto, el paisaje urbano está cruzado por una telaraña de cables donde suelen descansar meditabundos pajarracos y cuelgan algunos viejos tenis, cuyo origen es tan misterioso como trivial.
Durante décadas, el progreso se pudo haber medido por los metros de cable que decoraban el cielo. La televisión por cable, el teléfono con su cordón enredado que no dejaba despegarse del mismo lugar y la llegada del Internet por línea telefónica eran señales inequívocas de que el futuro había llegado.
Luego llegó la sensación de que la modernidad consistía en desaparecer todos esos cables, de que los mejores panoramas no tenían cables en el cielo y de que las casas ya no serían centros de carga. El futuro regresó con lo inalámbrico. Todo en la nueva era se volvió wireless.
La novedosa fibra óptica sustituyó al codiciable cobre y llegó la promesa de un mundo limpio y flotante, en el que los pajarracos tendrían que encontrar otro sitio para ver pasar el tiempo sin inmutarse. En el nuevo hoy, ya solo tienen que estar conectados el módem y todos esos aparatos que antes dependían de los cables, pero que ahora pueden cargarse para prescindir de ellos, aunque sea por un rato.
Aunque el homo tecnologicus se incline por desconectarse, conviene echarle un vistazo en sus momentos de debilidad física y carencia de salud. La pandemia demostró que se podía vivir conectado con el resto del mundo casi sin cables, pero dependiendo de un tubo para que el cuerpo pudiera seguir teniendo señal.
En los pocos hospitales que sí tienen insumos y medicamentos, al cuerpo se le conecta a monitores y sueros que lo acompañan en las camas y pasillos, como si el aparato físico intentara recuperar la señal. Incluso soñando, se dice que el cuerpo se mantiene unido al alma mediante un delgado cable rojo. La condena de la conexión puede variar entre el cobre, la fibra óptica o el espíritu.
Actualmente, el placer de la desconexión es casi clandestino. No cualquiera puede permitirse el lujo de no traer saldo, datos o una red wifi cercana. El aparato móvil localizador le hace justicia a su nombre al encontrar disponible en todo momento a su portador; que este conteste ya es otro asunto.
Cada vez es más urgente estar permanentemente conectado al mundo en su modalidad virtual, enterándose de lo que sucede y de lo que nomás no, no vaya siendo que la vida haga un examen de actualización y alguien termine reprobado por falta de conexión. ¿Qué es el turismo sino el intento desesperado por desconectarse de la rutina y las obligaciones habituales? ¿Qué son las vacaciones, las fiestas, el sueño o una tarde en la playa con una caguamota a un lado, sino distintas modalidades de desconexión voluntaria?
Para que los cables parezcan desaparecer de los urbanizados cielos, para que funcionen el wifi, el cargador inalámbrico y la ilusión, y para que la voz parezca transportarse por arte de magia a algún oído, los cables nunca se han ido: solo se esconden.
Como las venas del cuerpo, las casas y los edificios esconden una red por la que fluye electricidad, con contactos disponibles al menor requerimiento. ¡Qué difícil es la vida sin un contacto cercano! Las redes inalámbricas se sostienen de otras que esconden los cables que cruzan los mares para poder funcionar. La desconexión es una de las mentiras más agradables que trajo el futuro.
La desconexión total es un mito tan romántico como la luz de las estrellas. Se vende la ilusión de libertad, pero se sigue dependiendo del enchufe para que la vida no termine cuando se acaba la tarde. La Comisión Federal de Electricidad está enterada de esa profecía incumplida en la que ahora se depende más de sus servicios que cuando todo estaba permanentemente conectado.
Siempre hay alguien pidiendo un cargador porque no le alcanzó la batería o la clave del Internet porque se le acabaron los datos. Por lo pronto, salvo en esos lugares turísticos desde los que se puede contemplar el cielo cuando se anda desconectado, los pajarracos podrán seguir meditabundos donde mismo. A los que no son pájaros no les queda más que continuar viviendo diario bajo la misma telaraña y, cuando no haya carga, pero sí oportunidad, asomarse por la ventana.
COLUMNA: EL SUEÑO DE LA RAZÓN
AUTOR: Israel Álvarez
CABEZA: Pájaros en alambre
