No, no todos somos iguales.
Así como hay judíos que no son sionistas y que pueden mirar a Donald Trump, cuando menos, con desconfianza, existen —existimos— evangélicos que tampoco somos sionistas. Y tampoco todos somos anticomunistas, si queremos recurrir a las categorías heredadas de la Guerra Fría. Ni necesariamente antisocialistas, conservadores, libertarios o progresistas.
Conviene decirlo porque hay una idea demasiado cómoda circulando por ahí, que existe algo llamado “el pensamiento evangélico” y que éste puede traducirse, casi mecánicamente, en determinadas posiciones políticas.
Por eso me parece prudente explorar, poco a poco, el pensamiento evangélico.
Antes de clasificar y repartir etiquetas, creo que debemos dar unos pasos atrás. A la Biblia.
No es un manifiesto político ni un tratado ideológico contemporáneo. Tiene profundas implicaciones sobre la manera de entender al ser humano, la autoridad, la justicia, la riqueza, la pobreza, la comunidad, el poder y la responsabilidad. Pero no contiene un programa político cerrado que pueda traducirse directamente en capitalismo o socialismo, izquierda o derecha, liberalismo o conservadurismo.
Entre el texto bíblico y una posición política hay un territorio enorme.
Ese territorio se llama interpretación.
La Biblia contiene principios que, leídos desde nuestras categorías contemporáneas, pueden alimentar posiciones diferentes. Habla de responsabilidad individual y de trabajo, pero también de solidaridad y comunidad. Reconoce la propiedad y, al mismo tiempo, contiene severas advertencias contra la riqueza convertida en poder y contra la indiferencia frente al pobre. Habla de autoridad, pero también de profetas que confrontan al poderoso.
Y aquí aparece una distinción fundamental: una cosa es que la Biblia tenga consecuencias políticas y otra muy distinta que contenga una ideología política.
La primera es inevitable. La segunda no solo es muy debatible. Es peligrosa.
Porque cuando una interpretación política consigue presentarse como “la posición bíblica”, adquiere una autoridad difícil de discutir. Ya no estamos frente a alguien que sostiene una idea sobre el Estado, el mercado, la pobreza o la democracia. Estamos frente a alguien que puede llegar a afirmar que su posición no es simplemente suya: es la que Dios quiere.
Y cuando una posición política consigue hablar en nombre de Dios, el adversario deja de ser solamente alguien que piensa distinto. Puede convertirse en alguien moralmente equivocado.
No es un asunto menor.
Basta mirar a Brasil. Los evangélicos representan casi 30 por ciento de la población y se han convertido en un actor político relevante. La elección presidencial del domingo volvió a mostrar el peso de ese electorado, en una contienda que llevó a Flávio Bolsonaro y Lula da Silva a una segunda vuelta.
El caso brasileño permite observar qué ocurre cuando una comunidad religiosa adquiere suficiente peso demográfico y electoral para convertirse en un actor político relevante.
En México, los evangélicos representan una proporción mucho menor. Pero la pregunta que Brasil nos obliga a hacernos no es solamente cuántos son.
Es qué sucede cuando quienes comparten una fe comienzan a ser tratados, por propios y extraños, como un bloque político.
La primera comunidad cristiana descrita en Hechos compartía sus bienes y procuraba que nadie pasara necesidad. Es posible encontrar ahí una inspiración para una ética comunitaria y solidaria.
Pero Pablo también escribió que quien no quiera trabajar tampoco debe comer, una afirmación que puede alimentar una poderosa idea de responsabilidad individual.
¿Contradicción? No necesariamente. Es una tensión que exige interpretación.
Por eso resulta intelectualmente pobre afirmar que la Biblia “enseña capitalismo”. Pero también lo sería sostener que prescribe un modelo socialista contemporáneo.
La Biblia no necesita convertirse en ninguna de las dos cosas.
Y quizá ahí esté el primer hilo que debemos separar: la Biblia puede ser una fuente común sin producir necesariamente una conclusión política única.
Entre el texto y la posición política aparecen la teología, la historia, la cultura, la tradición, la comunidad y la experiencia personal.
Por eso, antes de preguntar “¿quiénes son los evangélicos y qué creen?”, habría que formular una pregunta anterior:
Si leen la misma Biblia, ¿por qué no piensan todos lo mismo?
La respuesta está, en buena medida, en cómo llegaron hasta ahí.
Qué leen. Cómo lo interpretan. Qué tradición teológica los formó. Qué experiencias los marcaron. Qué entienden por justicia, libertad, autoridad, responsabilidad o comunidad. Y, finalmente, cómo traducen todo eso a sus convicciones sobre la vida pública.
Ahí comienza, me parece, el verdadero ejercicio de deshebrar al evangélico.
No para demostrar que todos deberían pensar igual; precisamente para entender por qué no lo hacen.
