Después de que se revocara la suspensión temporal de las corridas de toros en esta edición de la Feria Nacional de Zacatecas, como historiadora me parece que la pregunta con la que abro este texto tiene más pertinencia que nunca. Nos encontramos en una época en la que la legitimidad de las corridas de toros como actos culturales, artísticos o de mero entretenimiento, está bajo la lupa. Asociaciones en defensa de los animales y un sector cada vez más amplio de la población ven con antipatía creciente a esta manifestación cultural. Hace unos días, Manuel Sescosse, presidente de la asociación Tauromaquia Mexicana, hizo llegar a mis manos una novedad editorial que debería ser de interés no solo para los aficionados al toreo, sino para todos aquellos interesados en comprender la magnitud de este fenómeno en nuestro país. El libro del que hablo se titula “México Taurino”.
Con este preámbulo repito el cuestionamiento ¿México es realmente taurino? ¿O será más bien una especie de tradición trasnochada de una “élite” que “gusta del sufrimiento” -como afirman muchos- y que está condenada a desaparecer?
La respuesta del texto es interesante en varios sentidos. Para empezar, nos presenta una estadística de un año tipo en México: según los datos recopilados por la asociación, en nuestro país se celebran cerca de 4,686 festejos taurinos (incluyendo corridas, novilladas, festivales y encierros) en cerca de 669 municipios y 1,137 localidades.
Los datos anteriores se vuelven más interesantes cuando nos vamos dado cuenta que la mayor parte de estos festejos se celebran en pequeñas comunidades donde se entretejen no solo el divertimento, sino también la tradición, la religiosidad y los lazos de identidad de un colectivo determinado. Quienes afirman que éste es un espectáculo para personas que pertenecen o quieren pertenecer a una élite, deberían ver más allá de los contextos urbanos para darse cuenta que, aún en pequeñas poblaciones como los festejos taurinos son una parte fundamental de su ritual de festividades cívicas y religiosas, incluso en comunidades con una mayoritaria población indígena. Según los datos aportados en el texto, es en los contextos rurales donde la tradición parece más viva.
Por cierto, tradición, una palabra que adquiere una densidad importante si con ello tenemos que asumir y aceptar que históricamente ha estado no solo en el gusto, sino en una de las formas de expresión cultural de la gente. ¿Que si es cultura? Sí, si por ello entendemos que a través de los festejos taurinos convergen diversas manifestaciones artísticas que van desde la arquitectura (en el diseño y construcción de los cosos taurinos), en el vestuario (pensemos en el traje de luces), la música y la religiosidad como parte de fiestas patronales. Además, la tauromaquia implica una serie de códigos y simbolismos que parecen ajenas a quienes solo ven violencia en esta expresión, pero que requieren una comunicación y aprendizaje ya sea por la vía de la lectura o la experiencia o través de su transmisión de generación en generación como pasa en nuestro país. No intento hacer una apología de la tauromaquia en este texto, lo que pretendo es hacer una invitación a su análisis más concienzudo, más allá de la clásica expresión de filias y fobias, del blanco o del negro. Como historiadora es mi deber entender las sutilezas del “espíritu del tiempo” o del zeitgeist como apuntaron los filósofos alemanes. Hoy veo que el siglo XXI está viendo quizá el ocaso de una manifestación cultural que probablemente esté destinada a desaparecer, porque los tiempos históricos así lo presagian a través de un cambio de gusto, de ideología y de sensibilidades. Una práctica que durante siglos fue celebrada, puede resultar inadmisible para las generaciones posteriores y esto está bien, así es la historia. Sin embargo, si algo también exige nuestro tiempo es tratar de comprender antes de reducir. Comprender no significa justificar, del mismo modo que criticar no es equivalente a simplificar. Todo fenómeno social y cultural merece algo más que una reacción inmediata, merecen ser interpretados a la luz de su complejidad histórica. Por ello, les invito a leer México Taurino o a ver el documental de Un filósofo en la arena, de Francis Wolff, quien también analiza críticamente este fenómeno sin caer en reduccionismos. Pero, como siempre, usted tiene la mejor opinión.
