Por fortuna, no tener hijos ya no exime de gastos, sacrificios e irresponsabilidades afectivas
Más o menos a finales de los 90 se pusieron de moda unos juguetes en forma de un llavero muy peculiar. Aquellos dispositivos contaban con una pequeña pantalla monocromática en la que se simulaba una diminuta criatura virtual que requería de ciertas atenciones para seguir “con vida”.
Los pequeños responsables jugaban a cuidar esas necesidades para que la mascota naciera, creciera y, en el mejor de los casos, muriera de vejez. La dinámica de esos dispositivos acercaba a la importancia de los cuidados y la pérdida, o más bien, a las múltiples pérdidas que pueden ocurrir cuando no se atienden apropiadamente las criaturas.
Tres décadas después, aquellos niños crecieron, algunos se multiplicaron y decidieron cambiar la virtualidad por la realidad para tener sus propias criaturas reales que requieren ciertas atenciones y a las que, de paso, pueden llamar también hijos.
Una de las pequeñas diferencias entre los dependientes reales y los virtuales es que a los reales hay que educarlos, darles cariño y volverlos responsables para que, si así lo deciden, ellos también se reproduzcan y hagan lo mismo con sus propios dependientes que, a la vez, podrán no reproducirse o sí, buscándole justificación a la existencia humana.
El problema es que la precariedad laboral, el encarecimiento de la vivienda urbana y, en general, la incertidumbre financiera han condicionado las decisiones de aquella generación. Los costos de la crianza de un hijo que no se trate como mascota virtual se han vuelto una meta económicamente inalcanzable para muchos de esa generación, que probablemente lograron crecer aun con esas precariedades y faltas de cuidado.
“Yo no quiero que a mi hijo le falte nada como a mí me faltó”, dicen muchos de esos aventureros sobrevivientes cuidadores que deciden aplicarse a dicha tarea para descubrir que las necesidades también suelen cambiar.
Otros tantos de la misma generación decidieron optar por criaturas que requieren menos compromiso y responsabilidad, pero que también pueden encargarse de vez en cuando con los tíos o los abuelos.
Gatitos y perritos se han vuelto las criaturas favoritas para depositar todo el afecto, cariño y cuidados que no se depositan, muchas veces por decisión, en las humanas criaturas. En el mejor de los casos, los perrijos se llevan una buena parte del presupuesto energético y financiero de sus cuidadores, encaminado a atender sus necesidades fisiológicas, ambientales y emocionales.
Por fortuna, cada vez hay más lugares pet friendly en la búsqueda por normalizar estas criaturas como integrantes familiares comunes. El mercado de alimentos, ropa, estética, salud, juguetes y variedad de razas a elección ha crecido considerablemente en estos últimos años.
El gasto en las mascotas dejó de ser limitante para poder expresarles, tal como a los hijos, que el dinero no es problema cuando se trata de pagar para intentar materializar algo de afecto.
Por otro lado, cada vez es más frecuente que en algunos eventos o fiestas se deje explícitamente claro que son única y exclusivamente para gente adulta y que no deben llevarse niños.
Las restricciones de edad ya eran comunes y necesarias, pero la prohibición de niños, en esos casos, va encaminada a evitar llantos, berrinches y actos imprudentes que resultan relativamente normales en cualquier criatura.
No lidiar con esos detalles ha sido otra de las elecciones de una generación que aprendió a comprar bolsitas para desechos de mascotas en vez de pañales y a llevar completa otra cartilla de vacunación. Por fortuna, no tener hijos ya no exime de gastos, sacrificios e irresponsabilidades afectivas.
Aquellos entrenados cuidadores crecieron, muchos no se multiplicaron y, en el mejor de los casos, envejecerán y necesitarán que alguien los cuide casi con tanta atención como lo requieren los niños pequeños. En la cochina realidad actual muchos ancianos y niños no tienen acceso ni a la mitad de los cuidados y atenciones que tienen muchas de esas consentidas mascotas.
Quizás, después de todo, aquellos pequeños llaveros simuladores sí estaban preparando a una generación para el futuro. Aprendieron a cuidar mejor a sus criaturas y hasta a romper ese añejo ciclo de vida que volvía esencial la reproducción. Sin embargo, faltó una última instrucción: ¿quién va a cuidar al cuidador?
COLUMNA: EL SUEÑO DE LA RAZÓN
AUTOR: Israel Álvarez
CABEZA: Gracias, Tamagotchi
