ZACATECAS. La prohibición de teléfonos celulares en las escuelas podría resultar contraproducente, pues en lugar de que esta medida funcione como una medida para mejorar el rendimiento académico, generaría mayores niveles de ansiedad entre los estudiantes y, con ello, problemas de atención, advirtió Diana España Montoya, docente investigadora de la Unidad Académica de Psicología de la UAZ.
Explicó que, después de permanecer seis horas o más en clase, un estudiante podría salir de la escuela “desesperado” y con una fuerte necesidad de utilizar su dispositivo. En el caso de estudiantes que no usaban con frecuencia su teléfono, incluso, podría observarse un mayor interés por utilizarlo.
“[La prohibición] es una solución cosmética que podría incrementar el deseo de los celulares. Los jóvenes, al prohibirles una cosa, más la quieren hacer”, puntualizó.
“UN RETROCESO”
La docente investigadora consideró que deben existir restricciones para el uso de celulares dentro de las aulas, pero señaló que prohibirlos no necesariamente constituye la mejor opción. “No podemos retroceder a 50 años, no podemos irnos atrás. ´Olvidemos la tecnología porque les hizo daño´: no podemos hacer eso”.
En ese sentido, expuso que la medida es un golpe para las escuelas que enfrentan carencias de infraestructura tecnológica, ya que los teléfonos permiten a los alumnos el acceso a internet y a recursos digitales que contribuyen a reforzar los contenidos académicos.
“Si en alguna institución no cuentan con computadoras, internet, pues con el celular puede acceder a sitios que les ayuden”, explicó.
ESTRAGOS
España Montoya reconoció que el uso excesivo de los teléfonos celulares ha generado dependencia en algunos menores, por lo que enfatizó la importancia de mantener una supervisión constante.
Asimismo, advirtió que, ante una prohibición, los niños pueden manifestar su frustración mediante gritos o desesperación, sin que los maestros identifiquen necesariamente que su reacción se debe a la falta del dispositivo.
En el caso de los adolescentes, agregó que el impacto podría ser mayor debido a los cambios propios de su edad. Algunos podrían interpretar la restricción como un desafío a la autoridad, lo que detonaría nuevos conflictos en el aula bajo la premisa de: “La autoridad me está retando y pues más lo voy a hacer”.
LA TECNOLOGÍA EN EL APRENDIZAJE
Ante este panorama, la especialista enfatizó que las autoridades educativas deben diseñar estrategias de intervención que integren los dispositivos móviles al proceso de enseñanza-aprendizaje, bajo un enfoque de “higiene digital”.
Como alternativa a una prohibición generalizada, propuso aplicar técnicas de concentración y autorregulación. “Es necesario enseñar a los niños y jóvenes a desprenderse de los móviles”, señaló, con el propósito de que no perciban la regulación como un castigo.
Asimismo, destacó la importancia de impulsar una formación permanente para que los estudiantes aprendan a utilizar las herramientas tecnológicas de manera responsable, lo que exige que el personal docente se capacite constantemente en el desarrollo de protocolos orientados al manejo adecuado de los teléfonos celulares y las redes sociales.
Por otro lado, sostuvo que este reto no corresponde únicamente a la escuela, sino que involucra a toda la sociedad. En lugar de establecer vetos drásticos, consideró fundamental trabajar en la autorregulación de los usuarios, un proceso que debe comenzar en el hogar con la participación de madres y padres de familia.
