No surge espontáneamente, sino que resulta de una serie de factores contextuales. Así que, probablemente, la opinión sea heredada, contagiada o inyectada, antes que espontánea.
Todo lo que diga puede ser usado en su contra. Esa popular frase es conocida como la advertencia Miranda y ha sido ampliamente difundida por las películas y series policiacas, convirtiéndose en uno de los argumentos favoritos de los polis gringos.
Los agentes, en lo que supone un justo ejercicio de advertencia, arrojan la recomendación al sospechoso mientras van colocándole delicadamente las esposas en sus manitas. Ante la sospecha, mejor el silencio, recomiendan los simpáticos agentes.
En ese sentido y al parecer, decir lo que se piensa sin pensar lo que se dice es una muy buena manera de convertirse en el malo de la historia. La cinematografía estadounidense ha hecho del derecho a guardar silencio una suerte de último recurso para quienes ya tienen la culpa, aunque todavía no se hayan enterado. El silencio, en esos casos, parece menos un derecho que una última oportunidad para no empeorar expedientes.
Por fortuna, en la vida real, decir lo que se piensa sin pensar lo que se dice es un derecho. La opinión debe defenderse y de eso no hay duda. De lo que sí hay duda es de distinguir entre hechos y opiniones, diferencia que sigue resultando prescindible, sobre todo para los opinadores.
Uno de los riesgos de opinar suele surgir cuando quienes consultan las opiniones las afirman, reproducen y defienden como si fueran toda y nada más que la puritita verdad y no juicios subjetivos de una película local. Lo de menos es que aquello que afirman, reproducen y defienden contenga verdad, propaganda, creencias o nomás insensatez bien expresada.
Podría decirse que confesar es procurar la verdad, o más o menos, porque en una confesión primero se recomienda hacer un examen de conciencia para diferenciar el bien del mal, luego filtrar los actos propios y ahora sí intentar arrepentirse para proceder a cumplir las penitencias.
Acúsome, señor juez, de haber pecado de ingenuo y no pensar en lo que digo. Acúsome, querido jurado, de emitir, sin fundamentos, mi sesgada, fantasiosa y arriesgada pero humilde, siempre humilde opinión. Si de algo sirve la confesión, quizá también sirva para recordar que una opinión puede tener buenas intenciones, malas razones o ninguna de las dos.
Eso sí, opinar es hacer juicios y garantizar el derecho a hacerlo es cercano a la libertad. Se puede opinar de día o de noche, en el camión, en las tortillas o en las benditas redes sociales, justo ahí, donde cada pulgar parece otorgar licencia para convertirse en líder de opinión o, al menos, para sentirse uno.
Se opina porque se puede y quizás porque se debe. Pero ¿de dónde surge lo que se opina? ¿Por qué se opina así y no de otro modo? ¿Opinar es existir?
Un líder está determinado por las necesidades del grupo. En ese sentido, los líderes de opinión atienden necesidades del conjunto al que comparten sus humildes opiniones. Son útiles, pero no para lo mismo.
La verdad es prescindible, el derecho a opinar tantito menos. De ahí que escuchar varias opiniones resulte más saludable que encontrar una sola respuesta disfrazada de consenso. La opinión propia, al parecer, se construye con las otras, que a su vez se inspiraron en distintas. No surge espontáneamente, sino que resulta de una serie de factores contextuales. Así que, probablemente, la opinión sea heredada, contagiada o inyectada, antes que espontánea.
Se opina porque se puede, porque se prefiere el ruido al silencio y porque se tiene todo el derecho. Pero también existe ese derecho a no hacerlo, que no debe confundirse con callarse, restringirse o censurarse. La censura es reprobable y opinar sigue siendo prioritario. Lo que quizá convenga es saber de dónde surge lo que se opina, sea o no compatible con la verdad.
Así que, en un justo ejercicio de advertencia y como recomiendan los simpáticos pitufos que evitan evocar sospecha, la libertad también consiste en decidir. Después de todo, cualquiera puede decir lo que piensa, incluso sin pensar lo que dice. Para lo demás, por fortuna, habrá también derecho a guardar silencio.
COLUMNA: EL SUEÑO DE LA RAZÓN
AUTOR: Israel Álvarez
CABEZA: El derecho a guardar silencio
