El movimiento terminó justificando el trabajo y el trabajo terminó justificando al movimiento. A ese círculo perfecto se le dice libertad
En un día muy lejano y en un lugar que seguramente Estados Unidos terminó invadiendo, a alguien se le ocurrió inventar la rueda. Primero sirvió para mover cosas; después, para mover a quienes inventaban cosas. Durante siglos caballos, mulas y burros se resignaron a empujar ruedas cargadas de mercancías, mensajes e inventores hasta que a alguien se le ocurrió ponerle motor a las ruedas. Desde entonces, los animales pudieron descansar y las ruedas comenzaron a trabajar horas extras. Con el tiempo se fabricaron millones de ruedas y actualmente casi cualquier persona puede subirse a un par para trasladarse junto con sus mercancías y mensajes. La vida cotidiana sería difícil de imaginar sin aquel invento circular que convirtió la distancia en un inconveniente menor.
Como todos quisieron moverse al mismo tiempo, los que inventaban cosas también inventaron reglas. Aparecieron señales, semáforos, topes, glorietas y carriles donde antes sólo había caminos sin reglas. El derecho al libre tránsito quedó escrito en las leyes y fue posible, al menos en teoría, ir a donde sea sobre ruedas, siempre y cuando hubiera combustible y la ley, el semáforo, el camino y los demás conductores también estuvieran de acuerdo. Poco a poco se descubrió que la libertad consistía en hacer fila para ejercerla.
Los motores primero funcionaron con vapor, luego con combustibles obtenidos del petróleo. Quienes lo tenían lo vendían; quienes no, lo compraban. Alrededor de ese líquido oscuro comenzaron a organizarse economías, tratados, invasiones y discursos sobre libertades y progreso. Detener el movimiento parecía mucho más grave que detener cualquier otra cosa, porque un mundo inmóvil dejaba de producir, de vender y por lo tanto, de gozar su libertad. Poner gasolina terminó convirtiéndose en una actividad tan indispensable como respirar.
Cuando el petróleo comenzó a parecer insuficiente, los que inventaban cosas inventaron motores eléctricos. El objetivo seguía siendo el mismo: que las ruedas no dejaran de girar. Para alimentarlas hicieron falta baterías y para fabricarlas hizo falta litio, plomo y otros minerales. Para obtenerlos hubo que seguir escarbando el subsuelo con la misma convicción con la que antes se buscaba petróleo. Cambió el combustible, pero no la costumbre de hacerle agujeros a la tierra para seguirse moviendo.
Aquella industria creó empleos para fabricar vehículos destinados a transportar trabajadores hasta los lugares donde fabricarían más vehículos, más baterías o más carreteras para que pudieran circular todavía más vehículos. Había que trabajar para comprar un automóvil que permitiera llegar al trabajo donde se ganaba el dinero para seguirlo moviendo. El movimiento terminó justificando el trabajo y el trabajo terminó justificando al movimiento. A ese círculo perfecto se le dice libertad.
Cuando por fin pareció resuelto el problema de desplazarse, los que inventaban cosas descubrieron que también podían quedarse quietos. Si la rueda dominaba el movimiento, hacía falta otra figura para dominar la permanencia. Entonces, alguien inventó el cuadrado. La arquitectura entendió que los cuadrados aprovechaban mejor el espacio; la tecnología descubrió que también servían para fabricar pantallas, y el ocio decidió que era una figura magnífica para pasar el tiempo en que no se estaba trabajando. Se levantaron casas cuadradas, oficinas cuadradas, edificios cuadrados y centros comerciales cuadrados. Dentro se acomodaron mesas cuadradas, ventanas cuadradas, cuadros colgados sobre paredes cuadradas y rectángulos luminosos desde donde ya era posible asomarse y ver paisajes naturales en los que nada era cuadrado.
Las ruedas siguieron girando con disciplina industrial. De la casa al trabajo; del trabajo al supermercado y del supermercado a la casa. Cuando sobra tiempo, se dan vueltas para regresar al mismo sitio. Las ciudades crecieron para los automóviles y las personas midieron su tiempo considerando el tráfico. A pesar de la importancia del movimiento, se descubrió que el derecho a quedarse quieto es parte de la libertad. Después de siglos perfeccionando la rueda, se utilizó para ir de un lugar cuadrado a otro. El círculo venció a la distancia; el cuadrado venció al movimiento. Al final, el invento que nació para poder llegar a cualquier parte terminó siendo utilizado para llegar a un lugar, generalmente cuadrado, donde ya no es necesario ir a ningún otro lado.
COLUMNA: EL SUEÑO DE LA RAZÓN
AUTOR: Israel Álvarez
CABEZA: Una cosa llevó a la otra
