La mañana en que nació una diócesis
El 5 de junio de 1864 Zacatecas amaneció distinto. Había en la ciudad cierta expectativa porque finalmente se realizaría la erección canónica de la Diócesis de Zacatecas, a través de un delegado apostólico designado por el entonces arzobispo de Guadalajara, Pedro Espinosa. Aunque la bula pontificia que finalmente creó el obispado zacatecano había sido expedida en Roma más de un año antes -26 de enero de 1863-, fue el día 5 cuando la Diócesis de Zacatecas cobró existencia efectiva ante los ojos de sus habitantes.
La ceremonia tuvo lugar en la iglesia parroquial de Zacatecas, que desde ese momento era catedral y parroquia al mismo tiempo. El acto se llevó a cabo ante miembros del clero, autoridades civiles (entonces alineadas al Segundo Imperio Mexicano) y una nutrida concurrencia que quiso atestiguar la lectura de los documentos pontificios que habían superado el Atlántico para ser leídos en la nueva catedral.
Sin embargo, la historia no comenzó ese día. La creación de la mitra zacatecana fue el resultado de un proceso de larga duración que se materializó aquel 5 de junio, pero hubo al menos tres intentos y un proyecto de vicariato apostólico previos a la erección. La enorme extensión de la Diócesis de Guadalajara, a la que pertenecía la parroquia de Zacatecas desde el siglo 16, había dificultado la administración de ese enorme territorio eclesiástico. Durante el periodo virreinal, Zacatecas fue el enclave de uno de tres partidos eclesiásticos creados desde el cabildo catedralicio de Guadalajara con el fin de facilitar la administración diocesana y en el siglo 18 a un vicario zacatecano se le dotó de facultades extraordinarias para ejercer el gobierno eclesiástico en las partes más norteñas del entonces obispado de Nueva Galicia.
Con la independencia de México, se buscó nuevamente la creación de un obispado propio. Entre autoridades civiles y religiosas se consideró que la importancia económica y política de Zacatecas justificaba contar con una sede episcopal propia, mientras que para la Iglesia ello permitiría una mejor atención pastoral de un territorio cada vez más complejo. Sin embargo, los conflictos políticos del siglo 19, así como las dificultades para reanudar relaciones con la Santa Sede durante sus primeras décadas de vida independiente, retrasaron una y otra vez el proyecto.
Finalmente, el 26 de enero de 1863, el papa Pío IX expidió la bula Ad Universam Agri Dominici, mediante la cual se erigió la Diócesis de Zacatecas. La nueva jurisdicción comprendió 20 parroquias y la misión de los huicholes en el actual Nayarit, conformando un territorio que abarcó gran parte del actual estado de Zacatecas, así como algunas poblaciones de Jalisco y San Luis Potosí. Se trató de una reorganización territorial que modificó siglos de dependencia respecto de Guadalajara.
Mientras la nueva diócesis comenzaba a tomar forma, el país se encontraba inmerso en la intervención francesa y el establecimiento del Segundo Imperio Mexicano; de hecho, el mismo día en que se realizaba la erección canónica del obispado zacatecano, la noticia de la llegada de Maximiliano y Carlota a Veracruz era celebrada por diversos sectores conservadores del estado.
Una semana después, el 12 de junio de 1864, arribó a Zacatecas el primer obispo, Ignacio Mateo Guerra y Alba. Las crónicas de la época describieron una recepción multitudinaria. Acompañado desde Ojocaliente hasta la capital por un destacamento de los llamados “Cazadores de África” -por cierto, musulmanes-, el prelado fue recibido entre repiques de campanas, arcos triunfales y manifestaciones de entusiasmo popular, casi barroco. Según algunos testimonios, los propios fieles retiraron las mulas de su carruaje para conducirlo sobre sus hombros hasta la ciudad.
Aquellas escenas permiten comprender la importancia simbólica que la figura episcopal conservaba para amplios sectores de la población. En una época marcada por las reformas liberales y la secularización de diversos ámbitos de la vida pública, la llegada de un obispo seguía siendo capaz de movilizar expresiones de adhesión.
A partir de entonces comenzó un proceso de construcción institucional y territorial. Fue necesario definir límites, conocer parroquias, registrar poblaciones, organizar jurisdicciones y extender la presencia eclesiástica hacia pueblos, haciendas y rancherías alejadas de la sede episcopal. La diócesis no nació terminada, tuvo que construirse poco a poco sobre el territorio, pero esa es otra historia.
*Maestra en Estética y Arte
