Futbol y política
La selección iraní, en medio de un torbellino político, se convierte en un peón en el ajedrez geopolítico mientras la administración de Donald Trump reventaba la mesa de negociaciones de paz con Irán. Con declaraciones amenazantes y hostigamientos a la delegación iraní, el gobierno estadounidense ha logrado que el futbol se convierta en un escenario de confrontación política. ¿Hasta qué punto es tolerable que la política contamine el deporte?
No es nada nuevo que el agua negra de la política tiña el estaque deportivo, pero la FIFA cada vez se supera más. Mientras Rusia fue vetada del Mundial de Qatar por sus ataques a Ucrania, Qatar fue validado como anfitrión a pesar de su deplorable historial en derechos humanos. Es un doble rasero que pone en evidencia la falta de principios coherentes en el manejo de situaciones delicadas.
Estados Unidos, el país que se erige como defensor de los derechos humanos, es validado a pesar de consentir el genocidio en Gaza y de atacar a Irán. Esta aprobación de la FIFA no solo demuestra su falta de ética, sino que también pone de manifiesto la incongruencia de una organización que se dice comprometida con los valores del deporte.
Irán, en este contexto, no solo se enfrenta a un dilema deportivo, sino a un dilema moral. La selección no es solo un equipo de futbol; es un símbolo de resistencia ante la opresión política y militar.
Aunque la FIFA ha flexibilizado la política de visados para permitir que la delegación iraní tenga condiciones mínimamente humanas, el maltrato sistemático que ha sufrido por parte de Estados Unidos subraya la incongruencia de la situación. Se nos recuerda por qué es siempre mejor que el Mundial no sea organizado por un país en guerra. La tensión política puede desbordar el terreno de juego, convirtiendo un evento deportivo en un campo de batalla ideológico.
En el remoto caso de que Irán logre clasificar a los dieciseisavos de final, se les asignaría jugar en ciudades como Dallas, Seattle, Vancouver o Nueva Jersey. Excepto Vancouver, cualquier sede en Estados Unidos se convierte en un polvorín. La hostilidad hacia Irán no solo afecta el desempeño de los jugadores, sino que también convierte a cada partido en un espectáculo de tensiones y protestas. La política se filtra en cada pase, en cada gol, ensuciando un deporte que debería ser puro.
Es imperativo que la FIFA tome medidas concretas para enfrentar esta incoherencia. Si verdaderamente se honra el espíritu del deporte, la organización debería estar lista para cambiar la sede de cualquier partido en el que participe Irán si las circunstancias políticas lo exigen. Pero, ¿realmente se atreverán a hacerlo? La expectativa es magra, especialmente porque la FIFA ha demostrado falta de voluntad para enfrentar con congruencia la realidad política que rodea al futbol.
Las federaciones de futbol de potencias futbolísticas, como Alemania, Países Bajos o Francia, deben alzar la voz. Deben ser las primeras en hacer un llamado a la congruencia y exigir a la FIFA que actúe con principios y ética. Si el futbol es verdaderamente un deporte que une a las naciones, entonces debe ser defendido de la contaminación política que amenaza su esencia.
El Mundial no debe ser un escenario para que las tensiones políticas se desplieguen ni para que la hipocresía de la FIFA se manifieste sin reparos. La intersección entre política y deporte es un campo de batalla que debe ser abordado con seriedad. El problema no es que la FIFA tenga convicciones discutibles, sino que nadie sabe cuáles son. Mientras las reglas cambien según el país involucrado, el mensaje será siempre el mismo; en el futbol internacional no existe una vara moral, existen varias. Y casi nunca miden lo mismo.
