La cosa es que el mundo industrializado no resulta tan auténtico como se la creen quienes compran botas, pantalones y chamarras de la marca que debe usar todo buen punk
Los tres principios básicos del movimiento punk son cinco o seis: autogestión, rechazo a los dogmas o a lo establecido, pensamiento crítico, acción directa para conseguir cambios sociales y un genuino desprecio por las modas, la sociedad de masas y todo lo que huela a cochino éxito corporativo.
Pues sí, resulta que los de las crestas paradas que hacen llorar a los bebés y a los viejitos nomás de verlos no solo se dedican a desgastar pantalones de mezclilla echando caguama en las banquetas, actividad que para nada es cuestionable como método antisistémico o de cambio social, sino que además persiguen ciertos ideales detrás de su discreto disfraz de brocha malora.
Como mucho de lo que también se considera mexicano, el punk surgió primero en tierras gringas e inglesas como respuesta contracultural a un mundo demasiado mainstream, demasiado industrial y, pa’ acabarla, demasiado institucional.
Los punks comenzaron a sostener que el capitalismo y las aspiraciones de la clase media se lo habían comido todo, casi como los marxistas, aunque sabiéndose más útiles en la calle que detrás de un escritorio y seguramente mucho más divertidos. La cosa es que el mundo industrializado no resulta tan auténtico como se la creen quienes compran botas, pantalones y chamarras de la marca que debe usar todo buen punk.
Dicen los punks que no hay que pedirle nada a nadie si uno puede hacerlo por sí mismo, llámese prendas, canciones o hasta sistemas de justicia improvisados. Claro que no todos los punks son anarquistas, porque actualmente para estar en contra del sistema ni siquiera hace falta mucho esfuerzo; basta con que deje de convenir manifestarse a favor.
Curiosamente, el sistema político mexicano parece medio paternalista y quizá el problema no sea tanto eso, sino cuando papá demuestra predilección por otros hijos menos punketos y más obedientes. Entonces sí: llega el berrinche, el desmadre y el graffiti.
Depender totalmente de la industria, de la institución o del sistema es poco punk, aunque por lo pronto no haya inspectores de qué es o no punk.
En la música punk hay pocos acordes, ritmos rápidos y canciones cortas. Lo demás sale sobrando. Vestirse de etiqueta para escuchar oberturas y preludios equivale, más o menos, a fingir que se cambió de clase social o que todavía se aspira a lograrlo.
Los estoperoles decoran las de por sí pesadas chamarras negras: piquitos metálicos para mantener a raya los abrazos y proteger a los pobrecitos hijos de una época en la que ya pueden comprarse por Internet la chamarra rota, el pantalón desrodillado y hasta las botas industriales listas para que nomás falte el mono antisistémico que venga a patear lo previamente establecido.
Se puede ser punk sin haberse descubierto todavía. Nomás es cuestión de no depender demasiado del gobierno, de las minas o de alguna tiendita que viva de la coca o la corona. A lo mejor también se puede ser punk de medio tiempo, ya cuando terminan los compromisos de andar vendiendo la fuerza de trabajo al peor patrón corporativista imaginable, uno de esos que seguramente ni impuestos paga. ¿Encontró lo que buscaba o le hace falta más punk? Pase a la siguiente caja porque ésta fue tomada por mis anárquicos dedos haciendo corte de caja.
Aunque muy incomprendidos, los punks tienen algo admirable. Aprendieron a hacerlo solo, al menos a aparentarlo, no como los otros, educados para necesitar siempre una institución, un gobierno o una corporación que les resuelva la vida.
Que si las becas, que si el apoyo social, que si el acopio y la chamba, que por qué le das más a otros, papá, si aquí anda tu hijo punk que nunca te pidió nada más que conciencia de clase y que lo voltearas a ver. Los principios básicos son seis o quizá uno, imposible de encontrar entre los otros: no es la cresta, no es la sebosa chamarra de piel, no es la cara de malora o los bolsillos desbordantes de utopía. Es lo de siempre, lo más mainstream que los otros también corretean, la maldita libertad inalcanzable.
COLUMNA: EL SUEÑO DE LA RAZÓN
AUTOR: Israel Álvarez
CABEZA: Poco Punk
