La Reformita Electoral que viene (3)
“Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas”: Mario Benedetti
Pues resultó que la reformita electoral propuesta por la presidenta Claudia Sheinbaum fue rechazada por los diputados. Sí mis estimados, los diputados de PT y PVEM, aliados del partido en el gobierno, dijeron simplemente que nel, que nanais, que niguas, por la sencilla razón de que les querían bajar la lana de la que han gozado por años las burocracias de sus partidos. Sí, todo es cuestión de billelle. ¡Qué maravilla!
Y tal y como lo dije en mi pasada colaboración, se cumplió la sentencia: ¡Primero las burocracias partidarias, después el pueblo! Y la neta que era lo esperado, ningún partido iba a dejar que lo bolsearan, porque ellos están para eso: para bolsear a la nación. ¡Qué poca! Pero, seamos sinceros, la reforma ya venía, desde el principio, con graves deformaciones.
La principal fue la metodología impuesta por el gobierno, de realizar pequeñas reuniones entre puros cuates, que solo sirvieron para que los funcionarios gubernamentales viaticaran. Reuniones pactadas para que los ponentes tuvieran solo escasos minutos para exponer sus propuestas.
¡Qué burla! Digo, porque cuando trabajamos la reforma de 1996, tuvimos meses de debates y discusiones, desde el Foro Nacional para discutir la Agenda de la Reforma Político-Electoral (julio de 1995) impulsada por el Instituto Federal Electoral, pasando por la formación del Grupo San Ángel y el Seminario de Chapultepec.
En estos eventos participaron activamente, intelectuales, partidos, académicos y ciudadanos sin más pretensión que la de contribuir al desarrollo democrático del país.
Los resultados están a la vista de todos: Ciudadanización de los órganos electorales, la incorporación del Tribunal Electoral al Poder Judicial Federal, la promulgación de una necesaria Ley de Medios de Impugnación, etc.
¿Faltaron muchas cosas por hacer? Sí, pero la importancia de esta reforma radicó en la movilización de la ciudadanía que buscaba con urgencia cambios profundos en materia electoral. Recordemos que la reforma constitucional fue aprobada por unanimidad, no así la reforma legal, porque PAN y PRI se empeñaron en no mover una sola coma en materia de financiamiento, o sea, la misma gata: la lana de las burocracias no se toca. La reforma de 1996, que el gris Ernesto Zedillo proclamó como definitiva, simple y sencillamente fue solo una reforma más, en la cadena de reformas a partir de 1977. Pero a diferencia de las demás, sí tuvo tintes de ciudadana.
Decía Danton que “antes de construir una ciudad, hay que formar ciudadanos”. Y sí, la gran ausencia de la ciudadanía en la reforma de este año fue la nota. Así que el Plan B anunciado por la Presidencia y los partidos significa “solo nosotros, la burocracia partidaria, decidiremos la reforma electoral. Cero ciudadanía”. Es lamentable que todo se vaya -como se pretende- al cajón del sastre-, es decir, a la consulta popular. Y ello ante la falta de capacidad y racionalidad política de los gurús políticos, quienes siguen dando la espalda a los ciudadanos para participar en la modificación de las leyes que regulan los procesos de renovación de los poderes públicos.
Y podrán pensar en planes con todas las letras del abecedario, pero, insisto, no sin la participación ciudadana en el DEBATE, no en una consultita populachera. Tenemos capacidad y derecho para participar en la cosa pública y exijo que se abra la reforma a la academia.
Lo digo como docente universitario y como ciudadano interesado en transformar las instituciones públicas. ¿Qué no? Pues en su salud lo hallarán mis burócratas, pero si van a seguir así lo mejor es mostrar nuestro malestar votando en blanco. ¡Que con su pan se coman su reforma! (¿El final?)
