Aritmética y manzanas
Desde la educación primaria se enseña a realizar operaciones matemáticas abstractas en las que se pueden añadir, restar, dividir o multiplicar unidades. Son abstractas porque ocurren en el ámbito de la imaginación, sin comprometer directamente la realidad.
La manzana es uno de los ejemplos más utilizados para explicar dichas operaciones, quizá por la facilidad que conlleva imaginar ese fruto rojo y redondo convertido en unidad básica de medida. Así, explicado con manzanas, casi todo parece entenderse con mayor claridad. Si fulanito de tal tiene 10 manzanas y el gobierno le quita cuatro cada vez que llega enero, ¿cuántas manzanas va a necesitar para vivir civilizadamente?
Una vez que se aprende a restar de manera imaginaria, se pueden hacer cálculos sobre las demás operaciones que requiere eso a lo que llaman vivir civilizadamente. Se necesita invertir tiempo, dinero y esfuerzo en estudiar algo para luego ponerlo en práctica y laborar, con la esperanza de seguir obteniendo manzanas y repartirlas de forma adecuada.
Se pueden acumular manzanas si se corre con la suerte de nacer en una familia donde la disponibilidad del fruto no está comprometida, aunque casi nadie cuenta con esa ventaja. Pocos concentran la mayoría de las manzanas que existen en el mundo, mientras que muchos deben endeudarse y trabajar lo más posible para obtener solo las que necesiten para sobrevivir.
Un pintor francés muy famoso solía pintar manzanas porque podían durar varios días sin cambiar su aspecto y porque en ese fruto encontraba las formas geométricas básicas a las que intentaba reducir su perspectiva.
Una de esas pinturas se vendió hace no tanto por más de 60 millones de dólares, cantidad con la que seguramente sería posible comprar muchas, muchísimas manzanas reales que, a diferencia de las pintadas, sí se marchitan y terminan por pudrirse.
Se cree que en la Biblia la manzana fue el fruto prohibido a causa de una mala traducción; sin embargo, popularmente se sigue aceptando como tal. Se podría decir que un paraíso se perdió por una mordidita de manzana.
En las calles es común encontrarse con vendedores de manzanas cubiertas de caramelo rojo, tan dulce que casi borra el sabor original de la fruta. A veces se acompañan con chamoy, chocolate oscuro o blanco y grajeas multicolores que recuerdan las banderas de la antibíblica diversidad. Estos vendedores suelen ser ambulantes y, por lo tanto, forman parte del comercio informal de una ciudad.
Lo anterior suele enfurecer a los gobernantes, ya que los informales no pagan impuestos suficientes para poder vender sus manzanas de manera adecuada. Si fulanito de tal tiene 10 manzanas y no le entrega ninguna al gobierno, ¿cómo le hace para ser tan poco civilizado?
A Isaac Newton le cayó uno de esos frutos en la cabeza, lo que le permitió pensar la gravedad a punta de un manzanazo. Por envidia, la bruja envenenó a Blancanieves con una manzana para que se quedara dormida, no estorbara y, de paso, encontrara el amor verdadero.
La guerra de Troya estalló porque una manzana dirigida a la más bella confundió a varias que se adjudicaron el título. La Gran Manzana se convirtió en la ciudad occidental por excelencia, donde se tocaba buen jazz y en donde querían vivir muchos artistas, incluidos algunos pintores de manzanas. La marca de aparatos electrónicos que más ilusiones de estatus vende también comparte nombre con la fruta.
En la educación básica se aprende a sumar, restar, dividir y multiplicar con manzanas porque aprender a vivir civilizadamente exige comprender que hay que invertir tiempo, dinero y esfuerzo para habitar un mundo en el que casi todo puede explicarse con manzanas.
La ciencia, el arte, la amistad, la pasión y el sinsentido con algo de imaginación, pueden tener forma de manzana. Porque si fulanito de tal tiene 10 manzanas y le quitan nueve, lo que le queda no es solo un artístico fruto rojo y redondo, sino la evidencia de que, aun cuando todo se explique con manzanas, poco se enseña sobre quién decide cuántas le corresponden a cada quien o por qué.
